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Bodas

Los destinos de luna de miel a los que irían los expertos en viajes

En un mundo cada vez más ancho y con más rincones por descubrir, la luna de miel se convierte en una oportunidad única para explorar y disfrutar de lugares absolutamente fascinantes… y no tan conocidos. ¡Estos son los mejores destinos para 2026/2027!

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destinos de luna de miel

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No sería una exageración decir que nos casamos para viajar. De hecho, según el Informe del Sector Nupcial 2026, el viaje de novios es una tradición por la que apuestan la mayoría de las parejas españolas. Solo un 11% de los encuestados no han hecho, ni harán, un viaje de luna de miel.

Estos números no nos extrañan porque esta aventura es, probablemente, la única vez en la vida en que uno puede pedir vacaciones largas sin justificarse, gastar sin sentirse culpable y volar hasta las antípodas sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Aquí tienes actualizados los días que te corresponden según el permiso laboral por boda en 2026.

La luna de miel es, también, una ocasión única para explorar con otros ojos, con otra actitud: sin prisa por tachar monumentos, sin la ansiedad de rentabilizar los días, con la retina y el corazón dilatados y la agenda vacía. Un privilegio logístico y emocional que sería un delito malgastar en el primer resort que sale en el buscador.

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¿Cuál es el mejor destino para una luna de miel?

La respuesta honesta es que no existe uno que sume todas las ventajas. Sin embargo, hay rincones como Japón que consiguen encajar cultura, naturaleza, descanso y romanticismo. O Costa Rica, que ha hecho del ecoturismo hedonista una forma de viajar. Ahí están Maldivas y Seychelles, las reinas de los mares o la dupla Namibia-Botswana, que, como Ruanda e Indonesia, son capaces de regalarle a los recién casados un contacto con la fauna sin filtros ni artificios.

Todo ello sin olvidar coordenadas remotas como el combinado de Nueva Zelanda con Islas Cook o el redescubrimiento de países como Brasil, Turquía o México que, enamorados, se disfrutan mejor. Todos ellos conforman este listado de destinos de moda para una asombrosa e imborrable luna de miel este año. 

Nuestros destinos de luna de miel favoritos

Indonesia sin pisar Bali

Diecisiete mil islas, sí, diecisiete mil. Y el 90 % de los viajeros españoles aterriza en la misma. No es una crítica a Bali —que tiene sus arrozales, sus templos y sus playas magnéticas— sino una invitación a la aritmética: si el archipiélago más grande del mundo está al alcance de unos cuantos vuelos, ¿por qué conformarse solo con la casilla de salida?

El caso es que Indonesia empieza a brillar de verdad cuando uno se aleja del aeropuerto de Denpasar. Sumba, a una hora de vuelo, es una isla de bosques dorados y acantilados sobre el Índico; con aldeas de tejados cónicos, tumbas megalíticas y una religión animista propia, el marapu, que sigue viva. Aquí se cabalga por playas vacías, se descubren cascadas como la de Weekuri, se surfea en olas de fama mundial y se duerme en dos de los resorts más románticos e icónicos del país: Nihi Sumba y Cap Karoso. 

La vecina isla de Flores es la puerta de un safari marino inolvidable, con travesías en phinisi de madera por el Parque Nacional de Komodo, expediciones para nadar con mantas en Manta Point y la excursión a lo más alto de Padar para contemplar la panorámica más codiciada de la zona: la vista de las tres bahías. ¿La guinda?

Los lagos tricolores del Kelimutu, que cambian de tono según el humor mineral de la montaña.

Y luego está Raja Ampat, en Papúa Occidental, el santuario marino definitivo: aquí una simple excursión en snorkel supera a cualquier inmersión de buceo en otro rincón del mundo. Dormir en Misool Resort, construido sobre una antigua base de pesca de tiburones y hoy reserva marina privada, es una de esas experiencias capaces de cambiar la forma en la que se disfruta el mar. ¿Quién necesita Bali ante esta explosión de estímulos naturales?

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Puro amor y pura vida en Costa Rica

Un país que ocupa el 0,03 % de la superficie terrestre y alberga cerca del 6 % de la biodiversidad del planeta. Ese es el dato que legitima el safari clorofílico más accesible del mundo, y también el que explica por qué Costa Rica se ha convertido en la luna de miel favorita de los novios que quieren aventura sin renunciar a la cama King size. 

Aquí el tópico sigue latente: se piensa en Costa Rica como un destino de mochila, de rutas polvorientas y albergues con hamaca compartida. Y sí, todo eso existe y es maravilloso. Pero el país lleva una década construyendo un lujo distinto –sin mármoles ni lobbies de cinco pisos– hecho de madera, silencio y ranitas rojas. En un recorrido eco-hedonista en pareja no deberían faltar estos imprescindibles. 

  • El punto de partida lógico es San José, una urbe invisible al gran público y que merece al menos veinticuatro horas para visitar el Teatro Nacional y su telón pintado en Milán, el Museo del Oro Precolombino, y sobre todo, el Barrio Escalante, el paraíso foodie donde el país se ha puesto a cocinar en serio.  
  • A media hora, el Valle Central guarda un sabroso secreto: una mañana de cafeturismo en las laderas del Poás o del Barva, recogiendo el grano y catando como se cata un vino, con la caldera del volcán humeante de fondo. Y para rematar la jornada cafeínica, una velada en Finca Rosa Blanca. 
  • La alternativa aventurera es hacer rafting en el río Pacuare, un descenso en balsa por rápidos de nivel III y IV entre paredes de selva —no hay carretera, la única autopista es el agua— con el Pacuare Lodge y sus suites sobre los árboles como recompensa. 
  • La siguiente parada está al norte, el volcán Arenal, donde esperan senderos sobre coladas de lava petrificada y pozas termales. A un paso queda el Río Celeste, en el Tenorio, con su color azul imposible que se conquista tras una épica caminata. 
  • Bajando hacia el sur asombra el bosque nuboso de Monteverde con sus puentes suspendidos sobre las copas de los árboles, sus excursiones al amanecer en busca del quetzal y los safaris nocturnos. 
  • Un vuelo corto de cuarenta minutos conduce hasta el corazón salvaje del país, la península de Osa —el rincón «biológicamente más intenso del planeta» según National Geographic—. O lo que es lo mismo, una expedición por la selva primaria de Corcovado con un guía capaz de reconocer al mono araña solo por el crujido de la rama y un paseo en kayak entre los manglares del Golfo Dulce donde los delfines aparecen sin avisar. 
  • ¿El remate? Playa, claro. Otro salto en avioneta hasta la península de Nicoya – una de las cinco "zonas azules" del mundo, donde la gente vive más años que en ninguna parte–, entre Santa Teresa y Nosara: surf al amanecer, yoga en plataformas de madera, caballos al atardecer y un buen pescadito a pie de playa. 

En definitiva, el pura vida no es un eslogan facilón: es una manera de conjugar el verbo viajar. Y no hay mejor gramática para empezar un matrimonio.

Japón más allá del Japón clásico

Tokio-Kioto-Osaka. El triángulo perfecto, el que todo el mundo hace, el que toda la humanidad debería hacer una vez en la vida. Pero una luna de miel no es un viaje de obligaciones y Japón es capaz de trascender el cliché del templo con toriis y pagodas atestado de turistas.

El primer mandamiento para redescubrir el país nipón consiste en pasear estas urbes con otro objetivo, como el de cenar en un restaurante con estrella Michelin en Tokio, dormir en un ryokan (hotel tradicional) de lujo en Kioto –como es el caso de Hoshinoya Kyoto– o visitar la destilería de whisky Yamazaki en las inmediaciones de Osaka. 

Y luego espera el otro Japón, el que se sale de los caminos trazados por guías de paraguas de colores.

Para ello, conviene bajar hasta Kyushu. La isla del sur es un paraíso literal de aguas termales donde destacan los onsen de Kurokawa, con sus baños escondidos entre el bosque; de Yufuin, a los pies del monte Yufu; los de Beppu. Este extremo del país destaca también por la calidad de sus ryokan y por su insuperable liturgia: vestir una yukata, degustar una cena kaiseki servida en la habitación y bañarse en un rotenburo (baño termal exterior) privado con la nieve o las hojas rojas cayendo sobre el agua.

Un poco más al sur sorprende Yakushima, la isla-bosque que inspiró La princesa Mononoke, con sus cedros milenarios, su musgo casi extraterrestre y una humedad que lo vuelve todo verde y sagrado. 

De Honshu al Caribe nipón

El otro gran secreto es el mar interior de Setouchi. Aquí brillan con luz propia y mucho arte tanto Naoshima como Teshima, las islas convertidas en un museo total por Tadao Ando, con el Chichu Art Museum enterrado en la colina y las calabazas de Yayoi Kusama mirando al mar.

También merece la pena visitar Kanazawa con su famosísimo jardín Kenroku-en, el barrio de geishas de Higashi Chaya, el mercado de Omicho y sus delicias de pescado o realizar el tramo histórico del Nakasendo entre las aldeas de Magome y Tsumago.

Y si queréis playa, las islas Yaeyama (Ishigaki, Taketomi, Iriomote) son el Caribe del que Japón no suele fardar. 

Ruanda entre gorilas y leones 

Conviene, antes de nada, borrar el prejuicio de un país que, hace 30 años, se lamía las heridas de una cruenta guerra y hoy es uno de los grandes milagros turísticos del mundo.

La nación de las mil colinas se ha convertido en el nuevo gran destino natural de África gracias a una pacificación que ha traído carreteras impecables, una seguridad que envidiarían muchas capitales europeas y una apuesta radical por el turismo de bajo volumen y alto impacto.

El resultado es un territorio del tamaño de Galicia que presume de atesorar algo único: los Big Six. Es decir, los cinco grandes clásicos de los safaris: león, leopardo, elefante, búfalo y rinoceronte, más el sexto: el gorila de montaña, que solo sobrevive en un puñado de volcanes de este vértice del mundo.

Mil quinientos dólares por persona y una hora estricta de encuentro. Ese es el precio del permiso de trekking para ver gorilas de montaña en Ruanda, y suena excesivo hasta que uno pregunta a quienes lo han hecho, porque todos responden exactamente lo mismo: es la mejor inversión de la vida.

Y es que no se trata de ver animales. Se trata de subir entre bambúes por las laderas de los Volcanes Virunga, siguiendo a un rastreador que lee huellas invisibles, hasta encontrarse cara a cara con un gorila de espalda plateada de doscientos kilos en su hábitat. Un encuentro entre homínidos, un cara a cara con unos primos lejanos que parecen compartir algo con los humanos: unos ojos tan expresivos como inolvidables. 

El coste del permiso, además, sostiene una de las historias de conservación más exitosas del continente, la que ha llevado a aumentar el número de gorilas de montaña de apenas doscientos cincuenta ejemplares en los ochenta a superar el millar hoy.

Alrededor de ese milagro, el país ha levantado alojamientos de lujo ideales para estrenar el matrimonio, desde las villas-nido de junco de Bisate Lodge hasta el lujo orgánico de Singita Kwitonda, con su vivero de 250.000  árboles y los eucaliptos gigantes del One&Only Gorilla's Nest.

Pero Ruanda no se limita solo a los primates. En el sur, la selva de Nyungwe permite rastrear chimpancés al amanecer y caminar cerca de las nubes por una pasarela colgante suspendida a sesenta metros del suelo. Y en el este, Akagera se yergue como el triunfo definitivo de la naturaleza ya que se trara de una reserva conformada por sabana y humedales donde se reintrodujeron leones en 2015 y rinocerontes negros en 2017, completando los Cinco Grandes. O lo que es lo mismo, gorilas el lunes por la mañana y leones el jueves por la tarde en un país que se cruza entero en cuatro horas de coche y que cuando mejor se visita es de junio a septiembre, en la época seca, por lo que es perfecto para aquellos novios que se casen en temporada alta o solo puedan viajar en agosto. 

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En busca del México más ancestral

México lleva tanto tiempo siendo sinónimo de Riviera Maya y pulsera de todo incluido que hemos olvidado lo obvio: es una de las seis cunas civilizatorias del mundo, posee 35 sitios Patrimonio de la Humanidad y una cocina reconocida como patrimonio inmaterial también por la UNESCO. Aquí lo de enamorarse por el estómago no es una metáfora, es un acicate y una brújula. Por eso, conviene dejar a un lado aquellos clichés para buscar en el sur sus raíces más sabrosas y fascinantes. 

El safari ancestral empieza en Oaxaca, capital mundial del mezcal y probablemente la ciudad más deliciosa de Norteamérica. La urbe se saliva entera recorriendo los mercados de Benito Juárez y 20 de Noviembre, catando el mole negro y el coloradito, cenando tlayudas y probando las delicias de restaurantes como Casa Oaxaca, Levadura de Olla u Origen.

Muy cerca esperan las terrazas calcáreas de Hierve el Agua, las ruinas zapotecas de Monte Albán asomadas al valle y los palenques artesanales de Santiago Matatlán, donde el mezcal se destila en olla de barro y se paladea despacito. 

Después llega Chiapas, que es otro país dentro de México y probablemente su estado más extremo, porque en cuatro horas de carretera se pasa del altiplano frío al vapor de la selva. Aquí espera San Cristóbal de las Casas, una ciudad colonial que se yergue a 2.200 metros de sus tejados de teja y sus fachadas de colores.

A un cuarto de hora del centro se encuentran los pueblos tzotziles, aldeas de costumbres y ritos inexplicables, entre las que sobresale San Juan Chamula, cuya iglesia no tiene bancos ni misa, sino un suelo alfombrado de agujas de pino y un sincretismo que mezcla santos católicos, rezos en tzotzil, refresco y aguardiente. 

Desde ahí, el descenso hacia la selva es cinematográfico. Primero, el cañón del Sumidero, que se atraviesa en lancha entre paredes verticales de mil metros, con cocodrilos tomando el sol en la orilla y monos araña colgados de los árboles. Y después, Palenque, que no es una ruina más, sino la ciudad maya más elegante jamás construida, con su Templo de las Inscripciones guardando la tumba de Pakal, sus torres asomando entre la niebla del amanecer y el bramido de los saraguatos rebotando en la piedra, un sonido que produce escalofríos aunque uno sepa perfectamente que solo es un mono.

La costa del Pacífico, el nuevo secreto de México 

¿Y la playa? Aquí está el golpe de efecto de esa región, ya que el México postnupcial ha dejado de mirar al Caribe para poner sus ojos en el Pacífico.

La costa de Oaxaca es hoy el litoral más deseado del país. Empezando por Puerto Escondido y las olas de Zicatela, siguiendo por la bahía de Puerto Ángel, por el hippismo domesticado de Mazunte y Zipolite – donde se sale a avistar ballenas jorobadas y tortugas golfinas al amanecer– y culminando en las haciendas de arquitectura descalza que han redefinido el lujo orgánico en la zona. De Casa TO al Hotel Escondido.

No, no es el México más barato, pero sí el que ha surgido para reivindicarse y mostrarse a sí mismo. Y ahora es su momento. 

Expertos en lunas de miel

Namibia y Botswana: el safari más extremo y completo

Mientras que Tanzania o Kenia son un regalo para los neutrales, el dúo formado por Namibia y Botswana supone una vuelta de tuerca a África, una versión más auténtica y salvaje del continente negro. A ello hay que sumarle que es un combo perfecto para el verano, cuando la estación seca permite contemplar mejor a los animales, templa los días y ahuyenta a los mosquitos. 

Namibia es el desierto más extremo y fotogénico de este rincón del planeta. Así lo demuestran las dunas anaranjadas de Sossusvlei y el bosque petrificado de Deadvlei, con esas acacias muertas hace novecientos años silueteadas contra la ladera de Big Daddy.

Después, irrumpe la Costa de los Esqueletos, donde el frío Atlántico choca contra las dunas y contra los cascos naufragados que se marchitan entre colonias de lobos marinos. Y culmina en Etosha, donde cada charca es una taberna natural donde leones, jirafas, rinocerontes y elefantes fantasmales comparten abrevadero. 

Y cuando crees haberlo visto todo, Botswana aparece con su golpe de efecto definitivo: el delta del Okavango, único gran delta del mundo que muere en la arena en lugar de en el mar. Para comprenderlo, hay que navegarlo en mokoro, una especie de góndola local, entre nenúfares y juncos dorados, con los hipopótamos gruñendo a lo lejos. Para dormir, nada como Mombo Camp o Duma Tau con sus lodges flanqueados por familias de elefantes. 

La guinda del viaje son las cataratas Victoria, donde el Zambeze se desploma por una enorme falla en uno de los grandes espectáculos acuáticos del mundo. Y la última recompensa, unos atardeceres junto al río o frente a un baobab que demuestran que la hipérbole es cierta: en ningún lugar del mundo se pone el sol como aquí. 

Maldivas como epílogo

Que nadie lo malinterprete. No es que este archipiélago de coral no sea un destinazo para una luna de miel, pero es cierto que pasar aquí más de siete días es solo recomendable para esas parejas anfibias que tanto disfrutan del mar haciendo buceo, snorkel y navegación. 

Para el resto de los mortales, Maldivas es perfecto para culminar una luna de miel por Asia ya que auna dos factores claves: unas playas de ensueño y unos resorts de lujo ideados para relajarse.

Su único hándicap es el precio, ya que dormir en uno de esos complejos de bungalows sobre la laguna puede costar entre 800€ y 3.000€ por noche (es decir, entre 5.600€ y 21.000€ la semana). Eso sí, merece la pena amanecer cada día con toda la biodiversidad marina jugueteando bajo tu infinity pool privada. 

Asuntos mundanos al margen, lo más recomendable es mezclar una semana relajada en el Índico con las siguientes opciones de viaje: 

  • Norte de la India (Rajastán). El contraste llevado al extremo, con el Taj Mahal al amanecer, los palacios de Udaipur flotando sobre el lago Pichola, el caos hermoso de Jaipur y las dunas de Jaisalmer, antes de tumbarse a no hacer nada. 
  • Bután. El reino que mide la Felicidad Nacional Bruta y que cobra una tasa diaria de sostenibilidad para que jamás se masifique sorprende con sus monasterios colgados de acantilados como el Nido del Tigre, con los valles de Paro y Punakha, con sus enormes dzongs, banderas de oración y con un silencio que se pega a la ropa. Espiritualidad primero, zambullida después.
  • Sur de la India (Goa y alrededores). La India suave y latina, con las iglesias portuguesas de Old Goa, las playas del sur de Palolem y de Agonda, los backwaters de Kerala recorridos en casa flotante, las plantaciones de té de Munnar y la cocina de coco y curry de pescado. Es la opción para quienes quieren sabor sin renunciar a la calma.
  • Sri Lanka. La combinación que funciona a la perfección es, también, la geográficamente más lógica. Ideal para mezclar el patrimonio de la ciudadela de Sigiriya y de los templos de Kandy con la panorámica del famoso tren superando las plantaciones de té hasta Ella, los leopardos de Yala y el buen rollo de la costa surfera de Weligama. Y en apenas una hora, la vida lagarta de Maldivas. 
  • Ruta de la Seda. La opción de los ambiciosos, con las cúpulas turquesas de Samarcanda, el Registán al atardecer, la ciudad-museo de Jiva y los caravasares de Bujará. Uzbekistán se ha vuelto un país sencillo de recorrer, y el salto al Índico rápido transforma el polvo del desierto en agua transparente.
  • Japón clásico. La alternativa para quien solo quiere visitar los grandes éxitos del país. Es decir, Tokio, Kioto, Nara y Hakone en diez días, sin desviarse a Kyushu ni a Setouchi. Cultura, gastronomía y neón concentrados, y luego el reposo absoluto del atolón.
  • Corea. El destino que más ha crecido en las listas, con la energía de los palacios y los barrios históricos de Seúl, los templos de Gyeongju, los mercados de Busan y un panorama gastronómico con cada vez más adeptos. Un destino moderno, sorprendente y todavía poco visto en una luna de miel.

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Nueva Zelanda… y más allá

Cinco millones de habitantes para veintiséis millones de ovejas. Y una densidad de paisajes por kilómetro cuadrado que roza lo irreal. Nueva Zelanda es el destino de luna de miel perfecto para esos novios que no saben estarse quietos y que, al mismo tiempo, quieren desaparecer del mundo.

La Isla Sur es la joya natural del país. El viaje arranca aquí, en Fiordland, con el famosísimo Milford Sound y el sorprendente Doubtful Sound. Un fiordo mucho más largo, más silencioso y con un habitante muy especial: los simpáticos delfines.

La aventura continúa por los Alpes del Sur y el glaciar Tasman, a los pies del monte Cook, una reserva Dark Sky donde los cielos nocturnos son un auténtico espectáculo. La siguiente parada es Wanaka, la alternativa calma frente al ajetreo de Queenstown, y Central Otago, paraíso de los winelovers, donde el pinot noir más elegante del hemisferio sur se ha convertido en un tánico objeto de deseo en bodegas como Rippon o Felton Road.

La Isla Norte, por su parte, fascina con el vino y el art déco de Hawke's Bay, la geotermia de Rotorua y las playas de Coromandel.

¿Y el "más allá"? Ahí está el golpe de efecto de las antípodas porque Nueva Zelanda está a apenas cuatro horas de vuelo del Pacífico Sur. Es decir, de las idílicas islas Cook donde sobresale la laguna de Aitutaki, posiblemente la más bonita del planeta; de las exuberantes islas Fidji o de los atolones de Polinesia Francesa, donde Bora Bora sigue siendo una de las panorámicas más codiciadas y románticas del mundo. 

Eso sí, allí las estaciones van al revés. El verano austral, de diciembre a marzo, es la temporada ideal, lo que convierte a Nueva Zelanda en la luna de miel perfecta para quien celebra una boda en invierno… y en el destino a evitar en agosto, a no ser que el objetivo sea esquiar en Treble Cone.

Turquía revisitada (y ampliada)

La proximidad de este precioso país es un aliciente para quien busca una luna de miel barata. Pero también para esas parejas que se animen a descubrir Turquía en plenitud, ampliando sus clásicos y descubriendo pueblecitos y playas que en otro país del mundo serían cabeza de cartel turístico. 

Por mucho que se ya se conozca, Estambul siempre merece una visita con un objetivo sencillo: descubrir la ciudad de verdad, la que no se limita a Santa Sofía y el Gran Bazar sino que continúa por los anticuarios de Çukurcuma, los cócteles panorámicos del Mikla, la alta cocina anatoliana de Neolokal, el hamam otomano de Kılıç Ali Paşa y esa calma inesperada del Six Senses Kocataş.

Después toca bajar a la Turquía griega, aquella que presume de tener algunas de las ruinas helénicas más apabullantes del mundo. Aquí merece la pena reservar una visita privada guiada por la biblioteca de Celso y las casas-terraza de Éfeso antes de que lleguen los cruceros, conquistar el estadio intacto de Afrodisias, aplaudir el teatro imposible de Pérgamo y contemplar las terrazas calcáreas de Pamukkale. 

Tras el atracón arqueológico aparece, cómo no, la cautivadora Capadocia que no ha perdido un ápice de su magia, con esos globos amaneciendo sobre las chimeneas de hadas, las ciudades subterráneas de Derinkuyu o los frescos bizantinos escondidos en las iglesias rupestres del valle de Ihlara. La aventura sigue bajo tierra en las suites excavadas en la roca de hoteles como el Argos in Cappadocia. 

La Turquía más mediterránea 

Y luego está el mar, que es donde Turquía cobija sus encantos más románticos. Ahí está la excepcional Costa Turquesa, que se descubre y se sublima navegando en gulet, la goleta tradicional de madera que se puede alquilar con patrón y cocinero. Una elección ideal para tener más intimidad y poder fondear en parajes tan singulares como la península de Datça y las calas de Bozburun. 

Para quienes prefieren tierra firme, Kaş y Kalkan son los pueblos con más encanto del litoral, con sus buganvillas y callejuelas que tienen al mar como punto de fuga.

Por la parte más salvaje aparece Ölüdeniz, una laguna azul tan fotogénica como singular, mientras que Patara presume de dieciocho kilómetros de arena virgen protegida, ya que aquí las tortugas caretta desovan cada verano.

Las parejas más activas pueden recorrer un tramo del Camino Licio para descubrir sus famosas tumbas rupestres, así como los sarcófagos que asoman del mar en Kekova y alguna que otra cala como Kaputaş a la que solo se puede bajar por una escalera de vértigo.

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Seychelles saliendo del resort

En total, 115 islas y la mitad del territorio nacional protegido, un porcentaje que ningún otro país del mundo alcanza. Y aun así, la mayoría de los viajeros solo llega a ver una cosa de

 Seychelles: la infinity pool del hotel. 

Craso error, porque Seychelles se disfruta mucho mejor de isla en isla, conduciendo un coche o una moto alquilada, comiendo curry criollo en un chiringuito y durmiendo en guesthouses familiares que cuestan una décima parte del resort.

La isla de Mahé, donde se ubica la capital, merece la pena por el mercado Sir Selwyn Clarke de Victoria, la destilería de ron Takamaka y por la playa Anse Intendance. Por su parte, Praslin guarda el Vallée de Mai, bosque primigenio de palmas donde crece el coco de mer, la semilla más grande del mundo, con una forma que ruboriza a cualquier recién casado. 

Y, por supuesto, ahí está La Digue, la isla prometida, con la playa de Anse Source d'Argent y sus rocas de granito pulido. Un paraíso que se recorre en bicicleta porque apenas hay coches y donde abundan esos takeaway locales en los que el pescado a la parrilla, el ladob y la ensalada de papaya eclipsan a cualquier buffet de resort. 

Ahora bien, si queréis daros un capricho, hacedlo en condiciones. O, lo que es lo mismo, saltad a las islas exteriores, ese punto ciego del mapa donde Seychelles esconde sus mejores secretos. Alphonse y Desroches quedan a una hora de vuelo y a un siglo del mundo, con sus atolones de lagunas poco profundas y turquesas. El último horizonte son Aldabra y Cosmoledo, una especie de Galápagos del Índico al que solo se llega en barco y donde hay mil tortugas por cada habitante. 

¿La fórmula ideal? Diez días bien repartidos, cinco de isla en isla sin lujo ninguno y cinco de resort para quitarse la espinita, si bien Seychelles es un destino ideal para improvisar y dejarse llevar. La sorpresa está garantizada. 

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Brasil a toda costa entre sambas, caipirinhas y playas vírgenes

Este es un viaje que se hace de sur a norte, siguiendo la costa como quien sigue un horizonte infinito y que empieza donde tenía que empezar, en Río de Janeiro. Hay que masticar la ciudad antes de abandonarla, subiendo a Santa Teresa entre sus casonas coloniales y su tranvía amarillo, hollando el Pão de Açúcar cuando el sol se pone por detrás del Corcovado, bajando a la Lapa a por la primera caipirinha y dejándose arrastrar por la samba de un botequim de barrio hasta que amanece sobre Ipanema. Pero el verdadero Brasil de luna de miel empieza en el siguiente aeropuerto. 

Mil kilómetros al norte aparece el sur de Bahía y con él Trancoso. La que fue una aldea de pescadores y después un refugio hippie es hoy uno de esos lugares donde el lujo se disfraza de nada.

Todo sucede alrededor del Quadrado, una explanada de hierba flanqueada por casitas de colores que desemboca en una iglesia blanca del siglo XVI asomada al acantilado. Abajo se extienden las playas de Nativos y Dois Coqueiros, donde el pescado se degusta con los pies en la arena. Cerca quedan Caraíva, a la que se cruza en canoa porque no hay puente ni asfalto, y Espelho, probablemente la playa más bonita del Brasil continental.

El siguiente capricho costero es Salvador de Bahía, el corazón africano de Brasil y la ciudad más enigmática del país. El Pelourinho y sus fachadas azules, doradas y rosas, el barroco delirante de la iglesia de San Francisco, los tambores del Olodum retumbando en las calles empedradas los martes por la noche, el acarajé frito en aceite de dendê que venden las bahianas la capoeira en el Mercado Modelo…

Los estímulos son tan exóticos y poliédricos como hipnóticos. Y después están sus playas, porque a un paso se despliega la península de Maraú, con la calma de Barra Grande y las piscinas naturales de Taipú de Fora; y la isla de Boipeba, sin coches, sin prisa y con el mejor moqueca de la costa.

Y de ahí, a Fernando de Noronha, un archipiélago volcánico ubicado a 350 kilómetros de la costa, protegido con una tasa ambiental y un cupo diario de visitantes que permite que sus paisajes permanezcan intactos. Allí está la Baía do Sancho, elegida una y otra vez mejor playa del mundo, a la que se baja por una escalera encajada en una grieta de la roca. O la Baía dos Golfinhos donde, cada mañana centenares de delfines rotadores bailan en formación. O Sueste, donde el agua es tan limpia que se puede hacer snorkel mientras se contemplan tortugas y tiburones de arrecife. 

De vuelta al continente y siempre hacia el noroeste espera Jericoacoara, en Ceará, un pueblo de calles de arena sin asfalto ni farolas, donde cada tarde el pueblo entero sube en peregrinación a la Duna do Pôr do Sol para despedir al sol cuando se hunde en el Atlántico.

Y al final del recorrido, ya en Maranhão, la traca, los Lençóis Maranhenses, un desierto de dunas blancas de mil kilómetros cuadrados que la lluvia convierte cada año en un paisaje imposible, con miles de lagunas de agua dulce turquesa encajadas entre las crestas de arena. Tan idílico como difícil de creer. 

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Vuelve a descubrir estos destinos de luna de miel:

Consejos para elegir el destino de la luna de miel

La climatología del destino es primordial

A la hora de escoger los mejores destinos para la luna de miel es esencial saber qué clima hará en la época en la que queréis viajar. Así, si justo cuando queréis viajar al país que habéis elegido es una estación de lluvias torrenciales, está claro que no será la mejor opción. Por eso es importante informaros bien con un especialista para conocer la climatología del destino y cuál es el momento perfecto para visitarlo.

Servicio privado o en grupos

Debéis valorar si preferís hacer un viaje privado o con un grupo de gente, del mismo modo que es importante que conozcáis el valor añadido que supone hacer un viaje de novios en privado.

Aunque hay que tener en cuenta que esta decisión depende de vuestras preferencias y sobre todo del destino. Y es que hay lugares donde ir con un grupo reducido de gente puede ser una magnífica opción, mejor incluso que en privado.

Conocer el destino

Es importante que tengáis en cuenta la necesidad de conocer el destino en profundidad, optimizando el tiempo disponible, pero sin querer visitar demasiadas cosas en poco tiempo para que os queden momentos de tranquilidad para vosotros. Por eso, según los días disponibles para el viaje, se os puede recomendar elegir unos destinos u otros.

También es aconsejable dejar unos días al final de la luna de miel. Unos días tranquilos en un lugar romántico para tener intimidad y poder volver con las pilas cargadas.

Tipo de viaje que queréis 

Otro de los factores que debéis tener en cuenta a la hora de elegir el o los mejores destinos para la luna de miel es pensar en vuestra personalidad viajera. Es decir, en el tipo de viaje que os apetece hacer. Relax, aventura, naturaleza, cultura, turismo urbano, gastronomía, etc. ¡Las opciones son infinitas! Cada pareja es un mundo y según la idea que tengáis os recomendarán varios lugares para ir de luna de miel que cumplirán vuestras expectativas.

Valorar el presupuesto

Otra de las cosas que debéis hacer es pensar cuál es el presupuesto aproximado que tenéis para vuestro viaje de novios. Algo que tiene que ver con el nivel de exigencia en cuanto a la calidad del viaje y a las expectativas de los alojamientos.

Desde Travel To Clouds tienen que claro que hay diferentes perfiles de viajeros en cuanto a lo que se espera de las experiencias del viaje y de los alojamientos, diferenciando entre los que buscan algo auténtico en línea con el entorno y la cultura local; los que buscan lujo, exclusividad, servicios más en una línea estandarizada y/o hoteles de cadenas internacionales, y aquellos que buscan un viaje considerado de turismo responsable en todos los aspectos. Y todo eso puede influir mucho en el destino que se elija.

¿Más destinos para el viajes de novios?

Las leyes locales pueden restringir la disponibilidad del servicio para todos. Consulta el Equality Index para más información

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