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11 destinos de luna de miel en Europa que demuestran que es el continente más romántico

Aquí se ‘inventaron’’ muchos de los destinos, mitos y restaurantes románticos. De ahí que siempre sea una buena idea explorar estos lugares de Europa con el corazón contento.

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Además de ser la cuna de tantas y tantas cosas buenas de la vida, Europa puede presumir de un dato con doble filo: es el continente más visitado del planeta. Sobran las razones a tenor de sus ciudades, paisajes y comarcas. Y sin embargo, esa misma fama la ha convertido en víctima de sus propios tópicos, como si el amor solo cupiera en un canal atestado de turistas o en una postal de Santorini repetida hasta la extenuación.

Nada más lejos. Porque el viejo continente esconde, tras cada cliché, una versión secreta e íntima que espera precisamente a esos recién casados dispuestos a mirar con otros ojos y a vivirlo con un presupuesto más alegre. Así que, si te estás preguntando, ¿dónde ir de luna de miel en Europa? ¡En este artículo te damos la respuesta!

Índice de contenido

¿Por qué viajar por Europa en la luna de miel?

Elegir Europa para la luna de miel ofrece ventajas como estas: 

  • No hay sorpresas: la seguridad y la estabilidad de la gran mayoría de los países garantizan que los vuelos, las conexiones y los transportes sean fiables y que ningún hotel se invente sus propias normas. 
  • Es infinita: la fantástica logística de transporte y de carreteras es un punto a favor del continente, ya que permite descubrir miles de rincones que no siempre están en el radar más clásico. 
  • Mucho en poca distancia: en apenas unas horas puedes estar viendo el Coliseo de Roma y conquistando un castillo escocés. El desarrollo cultural de todo este continente permite que se pueda saltar de maravilla en maravilla sin tener que hacer muchas escalas ni esfuerzos. 
  • Es cuestión de calendario… y actitud: sí, hay destinos que están masificados, pero lo bueno de Europa es que moviendo un poco las fechas del viaje, se pueden disfrutar de muchos de ellos sin demasiado turismo. Además, el hecho de que lo normal sea conocer varios de estos lugares ofrece una segunda oportunidad: disfrutarlos casi como un local, sin la voracidad del turista novato. 

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¿Dónde ir de luna de miel en Europa?

Aunque, como decíamos, Europa es infinita, esta selección de coordenadas es un perfecto inventario para coger ideas. 11 excusas para reenamorarse de Europa… en todos los sentidos:

Santorini y las islas griegas menos evidentes, París despojada de su relato de folleto, la Costa Dálmata de Dubrovnik, una Venecia para dos sin gondoleros de atrezo, las Highlands escocesas y sus leyendas, el Hawái europeo de las Azores, la Costa Amalfitana entre limoneros, la Praga más medieval, el match perfecto entre la Provenza y la Costa Azul, los Alpes Suizos como cumbre romántica e Islandia entre cascadas, glaciares y aguas termales.

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Santorini y otras islas griegas

Empecemos por derribar el nuevo mito griego: Santorini no es solo esa cúpula azul fotografiada seis millones de veces al año. O, mejor dicho, lo es, pero también es mucho más si uno sabe cuándo viajar. La clave está en huir de las hordas de turistas y de la avalancha de cruceros de julio y agosto, apostando por finales de mayo, junio o, sobre todo, septiembre y la primera mitad de octubre, cuando la caldera recupera el silencio y los atardeceres de Oia dejan de ser un deporte de codazos. 

Para dormir, nada como algunas joyas suspendidas sobre el acantilado como Katikies, Canaves Oia o el Grace Hotel Santorini, y para cenar, la peregrinación obligada a Selene, en Pyrgos, lejos del bullicio.

Eso sí, la verdadera luna de miel griega se guarda un as en la manga en las islas que no tantos conocen: la lunar Milos, la aristocrática Naxos, la diminuta Folegandros o la gastronómica Sifnos, donde el Egeo sigue siendo un secreto para dos y que se complementan a la perfección con la isla más popular.

París o cómo redescubrir la ciudad del amor 

A París le precede una losa: la de ser la ciudad del amor, etiqueta tan repetida que casi ha vaciado de sentido su significado. Precisamente por eso el reto es redescubrirla, esquivando el París de siempre para dar con el que enamora de verdad. Y el truco vuelve a ser el calendario: abril y mayo, con los castaños en flor, u octubre, con esa luz dorada y sin las colas kilométricas del verano, son la ventana perfecta para vivirla sin agobios. 

Lejos de esa Torre Eiffel de imán de nevera, el amor se cuece paseando por la Île Saint-Louis con un helado en la mano, en los muelles del Canal Saint-Martin o en el Montmartre de las seis de la mañana, cuando aún no ha llegado nadie. Sí, un buen madrugón, pero la tranquilidad merece la pena.

Y para darse un auténtico capricho cada amanecer, hoteles legendarios como Le Bristol, el Ritz o el novísimo Cheval Blanc, con vistas al Sena. Porque París, bien andada, nunca fue un tópico: fue una promesa.

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  • Una cena romántica en París

Cenar en París es muchísimo más que un cliché apastelado. La ciudad del amor pasa a ser la del sabor en cuanto uno elige bien la mesa. Para la gran velada del viaje, nada como rendirse al Le Cinq, ese tres estrellas del Four Seasons George V por el que merece casarse una y mil veces; o a su vecino más íntimo y floral, L'Orangerie, con un patio-jardín absolutamente mágico. A un paseo, en la avenida Matignon, La Scène despliega su cocina michelinada como una función teatral, con aperitivo en la barra incluido. 

¿Y si la idea es una velada con vistas? Entonces toca subir a L'Oiseau Blanc, el dos estrellas encaramado a la azotea del Hotel Peninsula, con la Torre Eiffel a un lado y el Sacré-Cœur al otro. Pero es que París también se saborea lejos del lujo: en el Marais, el diminuto Donna enamora con su cocina abierta y su maridaje impecable, mientras que en el noveno Wine Therapy ofrece la cata a ciegas más íntima de la ciudad, surtida de pequeños productores y quesos de la región. 

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Dubrovnik: pasión por la Costa Dálmata

A la «perla del Adriático» la precede su fama de plató de Juego de Tronos, como si sus murallas doradas solo sirvieran de decorado. Nada más lejos: Dubrovnik es, ante todo, una ciudad ideal para caminarla despacio y de la mano, con ese punto sensual que le da la piedra pulida por los siglos y el mar centelleando siempre presente. El momento perfecto para rendirse a ella es mayo, junio o septiembre, cuando la luz dálmata alcanza su temperatura más dulce, el Adriático se templa y los atardeceres colándose por la preciosa calle Stradun dilatan la sobremesa. Más allá de estos ingredientes patrimoniales, la ciudad despliega su versión más romántica y exclusiva en hoteles encaramados al mar como Villa Dubrovnik o el histórico Excelsior.

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Pero la gran apuesta para dos es usar la ciudad como campamento base (y muy romántico) y escapar a su alrededor en búsqueda de sorpresas emergentes como la coqueta ciudad de Cavtat, las islas Elafiti (Lopud, Šipan) donde es imposible ver un coche, las ostras de Ston o la península de Pelješac, ese tánico objeto de deseo para winelovers donde el plavac mali madura de cara al Adriático. Todo ello lejos de los Lannister, los Targaryen y los decorados artificiales. 

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Venecia para dos

Hay una Venecia de enmascarados de dudosa autenticidad, gondoleros fabricados en serie y manos-selfies en el Puente de Rialto. Y hay otra, la de verdad, que se descubre esquivando este teatrillo diario.

El caso es que la Serenísima se disfruta mejor fuera de temporada: de noviembre a marzo (salvo el Carnaval), cuando la niebla envuelve los canales, o en las semanas más tranquilas de primavera y otoño, esquivando el calor y el tumulto estival y esa tasa de acceso que la ciudad ha impuesto para defenderse de su propia fama. 

No obstante, si solo hubiera que aplicar una norma, sería una muy sencilla: siempre dormir entre canales. Cuando cae la noche, la ciudad se libra de los cruceristas y de los excursionistas que solo vienen a pasar el día. Y ese es el momento de los enamorados, cuando los canales se llenan de sombras y reflejos y las hordas de turistas han desaparecido. Por ello, toda luna de miel en Venecia requiere de un hotel a la altura, como el icónico Cipriani, el disruptivo Nolinski Venezia o el Palazzo Gritti. 

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Durante el día, lo más sensato es huir de los barrios céntricos para explorar Giudecca o Cannaregio, donde cada iglesia es un auténtico hallazgo. O, incluso, coger un vaporetto o un taxi-barco privado para llegar a Torcello para comer en la Locanda Cipriani, conquistar a besos la colorida Burano o hacer una cata de vinos en Mazzorbo, donde se cría el único vino de la ciudad. Planes perfectos para reconectar con una ciudad que conviene recordar así: tan singular como magnética. 

Escocia y sus Highlands: tras las leyendas más salvajes

Y del Mediterráneo a la épica más salvaje y medieval. Las Highlands de Escocia ofrecen justo lo contrario y ese es su magnetismo: brumas que se enredan en los valles, lagos densos como espejos, castillos solitarios y un silencio que convierte cualquier carretera en una película.

Y es que estas tierras se recorren tanto con la mirada como con el oído, porque cada loch guarda su leyenda —del monstruo de Ness a las selkies que mudan la piel de foca por la de mujer—, y no hay nada más romántico que dejarse contar esas historias al calor de una chimenea. El mejor momento para recorrerlas es mayo y junio, con esos días larguísimos que no acaban nunca y antes de que los temibles midges del pleno verano tomen las orillas, o bien septiembre, cuando el brezo tiñe de púrpura las colinas.

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La ruta indispensable por las Highlands, de sur a norte, se saborea despacio:

  • Glencoe, el desfiladero más espectacular de Escocia, donde las montañas caen a plomo sobre el valle y la niebla monta su propio espectáculo.
  • Glenfinnan, para ver cruzar el tren de vapor Jacobita sobre su viaducto curvo y sentirse un poco Harry Potter. 
  • Eilean Donan, el fotogénico castillo sobre el islote que parece flotar entre tres lagos. 
  • Isla de Skye, la joya salvaje del recorrido, con las Fairy Pools de agua turquesa, la aguja rocosa del Old Man of Storr y el faro de Neist Point asomado al Atlántico.
  • Lago Ness y el castillo de Urquhart, para cerrar el círculo mirando esas aguas insondables por si asoma la criatura.

Más allá de la carretera, Escocia es idónea para descubrir en pareja con experiencias íntimas que van desde una cata privada de single malt en una destilería de Speyside —la escultórica bodega de The Macallan es un espectáculo en sí misma—, hasta un paseo en barca al atardecer por las aguas quietas de un loch, pasando por una cena con estrella en Skye, ya sea en el mítico The Three Chimneys o en Loch Bay, antes de rendirse al silencio absoluto de unos cielos sin apenas contaminación lumínica.

¿La guinda? Dormir en hoteles que son un destino en sí mismos: The Fife Arms de Braemar, el clásico Gleneagles o el remoto The Torridon— y brindar con un dram de whisky frente al fuego mientras fuera arrecia el viento. El amor, aquí, se calza las botas.

Proveedores para la luna de miel

Por las Islas Azores en busca del Hawái europeo

Suena a metáfora exagerada, pero no lo es. En mitad del Atlántico, a tres horas de vuelo de España, Europa esconde su propio Hawái. Las Azores son nueve islas volcánicas, clorofílicas hasta el delirio, donde el verde estalla y el mar acoge a los mayores cetáceos del planeta.

La temporada ideal va de junio a septiembre por el clima y por el avistamiento de ballenas —aunque la primavera regala el paso de rorcuales azules y comunes—, con mayo y octubre como entretiempo ideal para tenerlo casi todo para dos. 

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Lo bueno de las Azores es que no hay que visitarlas todas. Al contrario, la luna de miel azoriana se disfruta mejor eligiendo dos o tres islas para exprimirlas al máximo y empaparse de este milagro en el fin del mundo. Y es que cada isla guarda su propio as en la manga:

  • São Miguel: La más completa: un baño termal entre helechos en Furnas y una merienda en la única plantación de té de Europa, la centenaria Gorreana.
  • Pico: subir el volcán al amanecer o, para los menos deportistas, catar sus vinos volcánicos entre muros de lava negra.
  • Faial: dejarse hipnotizar por su caldera y brindar en el mítico Peter Café Sport de Horta, faro de navegantes de medio mundo.
  • Flores: La más remota y clorofílica. Coleccionar cascadas hasta rozar el punto más occidental de Europa.
  • São Jorge: recorrer sus fajãs de vértigo y maridar el paisaje con su queso más famoso.

Costa Amalfitana: amor entre limoneros

Cinco de cada seis respuestas en Google Imágenes o en Pinterest cuando buscas «destinos románticos» arrojan postales de este rincón de Italia. Pero, por mucho que la mítica postal de casas colgadas sobre el mar resulte ya un cliché, este litoral no deja de sorprender.

Basta con recorrerla bien acompañado para entender que ninguna imagen le hace justicia, porque el perfume de los limoneros, el azul imposible del Tirreno y esa luz que dora los pueblos al caer la tarde solo se sienten en primera persona del plural.

El mejor momento para rendirse a ella es de abril a junio, cuando el Mediterráneo se templa para el primer baño y los limoneros están en flor, o de mediados de septiembre a octubre, cuando la luz alcanza su punto más meloso.

Más allá de la foto, la costa se disfruta despacio y con alguna coordenada fija. En Ravello, el balcón aristocrático del litoral, toca perderse en los jardines de Villa Rufolo y Villa Cimbrone hasta asomarse a la Terraza del Infinito, uno de los miradores más hermosos de Italia.

Los más activos pueden calzarse las botas para recorrer el Sendero de los Dioses, ese camino vertiginoso colgado entre Bomerano y Nocelle. Y como el mejor punto de vista siempre está en el agua, nada como alquilar una barca para atracar en el fiordo de Furore, la Gruta Esmeralda de Conca dei Marini o los islotes de Li Galli, donde Ulises situó a las sirenas en La Odisea. ¿La guinda? La peregrinación gastronómica a Lo Scoglio, en la caleta de Nerano, donde sus espaguetis alla Nerano con calabacín se han convertido en objeto de culto gastronómico. 

  • Los mejores hoteles de la Costa Amalfitana

Dormir aquí es media luna de miel, y el litoral despliega su lujo más orgánico en una constelación de hoteles de leyenda. En Positano brillan Le Sirenuse, con su fachada roja y su piscina suspendida sobre la panorámica, e Il San Pietro, tallado en la roca y casi invisible desde el mar. En la aristocrática Ravello reinan el Palazzo Avino y el Belmond Hotel Caruso, cuya piscina infinita parece desbordarse sobre el Tirreno. Y en Conca dei Marini, el Monasterio Santa Rosa ha transformado un convento del siglo XVII en el refugio más íntimo de la región. Cinco maneras de amanecer con el Mediterráneo a los pies.

Praga, el medievo más acaramelado

Los datos preludian el romance: Praga presume de atesorar el mayor castillo del mundo, casi setenta mil metros cuadrados de historia coronando la ciudad. Y sin embargo, sería injusto reducir la capital checa a su postal de manual —el reloj astronómico, el gentío del mediodía— porque debajo de esa Praga de cuento late otra mucho más sofisticada y secreta, hecha a la medida de una luna de miel.

La mejor época para descubrirla es la primavera y el otoño, cuando los jardines florecen o el oro del follaje brilla en las colinas. Eso sí, diciembre tiene una magia propia, la de una ciudad envuelta en vaho, mercadillos navideños y vino caliente maridando con sus rincones medievales. 

Esa otra Praga se saborea lejos de las rutas más trilladas. Se descubre en los jardines secretos que salpican Malá Strana —el barroco Jardín Wallenstein, con sus pavos reales paseándose entre setos, o las terrazas ajardinadas que trepan bajo el castillo—, en la isla de Kampa acariciada por el Moldava, en la deslumbrante biblioteca de la Abadía de Strahov, una de las más bellas del planeta, y en la colina de Petřín, a la que se sube en funicular para perderse entre rosaledas y miradores.

Y se revela, sobre todo, al caer la noche, cuando la ciudad saca su lado más elegante, ya sea en un concierto de música clásica en una iglesia, en un club de jazz de los que llevan décadas en activo (el mítico Reduta, donde hasta tocó el saxo Bill Clinton) o un cóctel de autor en el celebrado Hemingway Bar.

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Y es que Praga se ha convertido también en un destino gastronómico de primer orden. Aquí brillan mesas con estrella Michelin como La Degustation Bohême Bourgeoise, que reinventa con mimo el recetario checo en su menú, o Field, más lúdico y contemporáneo, perfectas para esa cena de celebración que la ocasión merece. Un contrapunto delicioso a la Praga de tabernas centenarias donde brindar con una pilsner recién tirada, que para eso estamos en la cuna de la cerveza.

Para dormir, la ciudad guarda joyas a la altura del momento: el Augustine, instalado en un monasterio agustino del siglo XIII que produce su propia cerveza de autor; el Four Seasons, a pie del Moldava y con el castillo enmarcado en la ventana; o el íntimo Aria, temático y musical, con una azotea que mira a los tejados de Malá Strana. 

Agencias de luna de miel

Provenza y Costa Azul, el perfecto match de pueblos y Mediterráneo

Aquí la magia nace de un diálogo entre polos opuestos: el de la Provenza rural, con sus pueblos de piedra y sus campos de lavanda, y la Costa Azul cosmopolita, con el Mediterráneo más dolce far niente.

Combinarlas en una misma luna de miel es el match insuperable, ese que alterna mañanas en un mercado provenzal con tardes a remojo en una cala de agua turquesa. Eso sí, conviene elegir el momento: la lavanda de Valensole y de la abadía de Sénanque estalla de finales de junio a mediados de julio —espectáculo mayúsculo, pero también el más concurrido—, así que las parejas que priorizan la calma harán bien en apostar por mayo o septiembre, cuando el sur respira.

Entre plan y plan, hay que reservar hueco para una cata de rosado en una bodega de las Côtes de Provence, un taller de perfumería en Grasse o una travesía en barca por las aguas imposibles de las Gargantas del Verdón.

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El listado de hoteles con encanto está a la altura del romance. En el interior, la sofisticación rústica de La Bastide de Gordes o el exclusivo Airelles Gordes, con vistas al valle del Luberon; en la costa, el glamour atemporal del Grand-Hôtel du Cap-Ferrat, el legendario Hôtel du Cap-Eden-Roc de Antibes o el sereno La Réserve Ramatuelle, a un paso de Saint-Tropez.

Y para enamorarse por el estómago, tres paradas de altura: La Colombe d'Or de Saint-Paul-de-Vence, donde se cena rodeado de Picassos y Mirós; el tres estrellas Mirazur de Menton, elegido en su día el mejor restaurante del mundo, con su huerto en terrazas asomado al mar; y La Bastide de Moustiers, el refugio gastronómico que Alain Ducasse ideó a las puertas del Verdón.

Como todo road trip romántico se mide en pueblos, este es el rosario imprescindible que hilvanar entre la Provenza y el mar:

  • Gordes, colgado de la roca sobre el Luberon, quizá el pueblo más fotogénico de Francia.
  • Roussillon, teñido del ocre imposible de sus antiguas canteras, es pura fotogenia e inspiración. 
  • Ménerbes y Bonnieux, el alma del Luberon con sus viñas, sus mercados y sus casas señoriales.
  • Moustiers-Sainte-Marie, la puerta a las Gargantas del Verdón, con su estrella dorada colgada entre dos peñascos.
  • Saint-Paul-de-Vence, refugio de artistas y galerías, empedrado y suspendido sobre un mar de viñedos.
  • Èze, el nido de águila asomado al Mediterráneo, con el mirador más vertiginoso de toda la Riviera.

Un safari de pueblos y calas que resume, en pocos kilómetros, el sur soñado de Europa.

Alpes Suizos: las montañas más románticas de Europa

Dicen que el amor no mueve montañas, pero desde luego se disfruta mejor rodeado de ellas. Los Alpes Suizos desmienten el prejuicio de que la alta montaña es cosa solo de esquiadores o alpinistas: su versión romántica es contemplativa, de chimenea, fondue y ventanales abiertos al Cervino.

El verano, de julio a septiembre, regala praderas floridas y senderos accesibles, mientras que de diciembre a marzo la nieve lo convierte todo en una postal; junio, en cambio, es el secreto de los que buscan cumbres sin colas.

Zermatt, con el Cervino como telón de fondo perpetuo, es la coordenada más fotogénica —imprescindible el Riffelalp Resort, el hotel de cinco estrellas más alto de Europa—, aunque Grindelwald, frente al macizo del Jungfrau, o el sofisticado St. Moritz con su Badrutt's Palace compiten de tú a tú.

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Pero es que en Suiza el propio trayecto es media luna de miel, porque ningún país ha convertido el tren en un espectáculo como este. El rey indiscutible es el Glacier Express, el expreso más lento del mundo, que une Zermatt y St. Moritz en unas ocho horas de ventanales panorámicos, cruzando el paso del Oberalp y el vertiginoso viaducto de Landwasser sin que uno quiera apartar la vista del cristal.

A su lado, dos joyas imprescindibles: el cremallera de Gornergrat, que trepa desde Zermatt hasta los 3.089 metros para dejarte cara a cara con el Cervino y el glaciar del Gorner; y el Bernina Express, que atraviesa el paso homónimo por una línea declarada Patrimonio de la Humanidad, serpentea sobre la espiral de Brusio y desemboca en la italiana Tirano en uno de los descensos ferroviarios más hermosos que existen.

Y como no todo serán cumbres, el valle del Ródano esconde un secreto para los winelovers: el Valais, el mayor viñedo de Suiza, con sus laderas peinadas por terrazas donde maduran uvas casi imposibles de encontrar fuera del país, como el fendant, la petite arvine o el cornalin. Una cata en una bodega de Sion o un paseo por el sendero del viñedo entre Martigny y Sierre es el contrapunto sabroso y perfecto a tanta roca y hielo.

Islandia entre cascadas, aguas termales y glaciares

Cerramos con la más improbable de las lunas de miel: una isla de fuego y hielo donde el paisaje parece recién salido del primer día de la creación. Y aquí el calendario no resta multitudes, sino que directamente cambia el viaje: de septiembre a marzo, Islandia se persigue por sus auroras boreales, esa coreografía celestial verde absolutamente inolvidable; de junio a agosto, por su sol de medianoche y el acceso a unas Tierras Altas de otro planeta.

Sea cual sea la estación, el guion es irresistible: el Círculo Dorado —con la falla de Þingvellir, los géiseres y la catarata de Gullfoss—, la laguna glaciar de Jökulsárlón salpicada de icebergs y su vecina Playa de los Diamantes, la arena negra de Reynisfjara y cascadas de escándalo como Seljalandsfoss o Skógafoss.

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Pero la isla guarda un sinfín de planes a la altura de la ocasión. Los más intrépidos pueden bucear entre dos continentes en las aguas cristalinas de Silfra, donde las placas de América y Europa se separan un palmo; caminar con crampones sobre un glaciar o adentrarse en una cueva de hielo azul en pleno invierno; y avistar ballenas desde Húsavík, capital europea de los cetáceos.

Los más contemplativos, en cambio, pueden cabalgar un dócil caballo islandés por playas infinitas, recorrer la península de Snæfellsnes —esa "Islandia en miniatura" presidida por la fotogénica montaña de Kirkjufell— o, sencillamente, tumbarse a esperar a que baile una aurora desde la cama de un hotel burbuja de techo transparente.

Y siempre, como broche, el ritual de fundirse en aguas termales bajo el cielo helado: desde la célebre Blue Lagoon —con su exclusivo The Retreat— o la nueva Sky Lagoon frente al océano hasta rincones más secretos como los baños naturales de Mývatn, en el norte, o las pozas de Hvammsvík asomadas a un fiordo.

Para dormir, la isla ofrece refugios tan singulares como el aislado Deplar Farm en la Península de los Trolls, el Hotel Rangá, célebre por su observatorio y sus cielos para cazar auroras, o el sofisticado ION Adventure Hotel. Y para brindar por el viaje, una cena en Dill, el primer restaurante islandés en lucir estrella Michelin. Islandia no se visita: se siente en la piel. Nunca mejor dicho.

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