Por qué ir de luna de miel en invierno es una gran idea (y 11 destinos top)
Dar el sí quiero fuera de temporada tiene una ventaja extra: poder viajar a aquellos lugares a los que nuestro invierno le sienta de maravilla. Te contamos todos los beneficios y 11 destinos de luna de miel perfectos para invierno.
Durante décadas, casarse entre marzo y octubre era casi una tradición. El presumible buen tiempo no solo ayudaba a garantizar una boda bajo el sol, sino también a encajar la luna de miel en el periodo vacacional habitual con el objetivo de no tener problemas en el trabajo o, incluso, de unir todos los días libres –aquí te contamos cuántos días te corresponden por la boda–. Sin embargo, cada vez son más las parejas que eligen la temporada baja para su boda y, por consiguiente, disfrutar de la luna de miel durante el invierno boreal.
Lejos de ser un dilema, es una gran ventaja. Mientras España se abriga, medio planeta vive su mejor momento: es verano en el hemisferio sur, es temporada seca en el trópico… A ello hay que sumarle que algunos de ellos están en temporada baja y se descubren sin aglomeraciones, sin colas y con esa extraña e incomparable sensación de tener el paraíso medio vacío para los dos. Así que la pregunta ya no es si merece la pena casarse en invierno… sino adónde viajar después.
Índice de contenidos
- Dónde viajar de luna de miel en invierno
- 1. Australia
- 2. Nueva Zelanda
- 3. Filipinas
- 4. Sri Lanka y Maldivas
- 5. Egipto
- 6. Tanzania
- 7. Sudáfrica
- 8. Panamá
- 9. Argentina
- 10. Chile
- 11. Patagonia
Dónde viajar de luna de miel en invierno
Esta selección se guía por dos brújulas: la del calendario y la de la espectacularidad.
El recorrido por los mejores destinos para una luna de miel invernal arranca en las antípodas, donde diciembre huele a verano: Australia y su costa infinita, esa Nueva Zelanda de fiordos y glaciares —con escapada a algún paraíso cercano del Pacífico para rematar con los pies en la arena—, antes de descender por el cono sur con Argentina y Chile al completo, de los viñedos de Mendoza a los desiertos de Atacama, hasta ese fin del mundo donde la Patagonia se asoma a la Antártida.
Después llega el trópico en su momento más seco: las playas de escándalo de Filipinas, el binomio invencible de Sri Lanka y Maldivas, la doble costa —caribeña y pacífica— de Panamá. Y para quienes sueñan con algo más que arena, está la inmersión total en las dos caras de Egipto y el gran espectáculo natural de Tanzania y de Sudáfrica. Once maneras de dar la espalda al frío.
Once lunas de miel para viajar y disfrutar a contracorriente. ¿Empezamos el recorrido?
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Australia: amor en las antípodas
Si solo tenéis dos semanas para la luna de miel, quince días en Australia dan para mucho más de lo que parece, siempre que se elijan bien los destinos. Y durante el estío austral —nuestro invierno— la decisión es natural: el interés se desplaza hacia el sur y hacia la costa, donde el país despliega su cara más amable… y atractiva.
La travesía comienza en Sídney. Tres días para dejarse seducir por una ciudad vibrante y con planes que van desde coronar el puente de la bahía con el BridgeClimb, recorrer a pie el sendero costero de Bondi a Coogee, cenar en el Bennelong —bajo las mismísimas velas de la Ópera— y escapar una jornada a las espectaculares Blue Mountains.
Segundo acto: el clímax subacuático. Es decir, los Whitsundays y la Gran Barrera de Coral con Hamilton Island como campamento base. Los planes no pueden ser más apetecibles, desde sobrevolar en helicóptero el Heart Reef hasta caminar por la arena increíblemente blanca de Whitehaven Beach sin olvidarse del remolino de colores que se vislumbra desde Hill Inlet y, por supuesto, la inmersión para bucear entre corales.
Tercer acto: el contrapunto clorofílico en Tasmania. Una isla mucho más amplia de lo que parece en el mapa y que ofrece verdaderos espectáculos naturales como el mirador de Wineglass Bay en el Parque Nacional de Freycinet o las moles rosadas de The Hazards. Dos paisajes que se maridan con las ostras recién abiertas de Bruny Island y con un espumoso del valle del Tamar. Todo ello sin esquivar Hobart, una ciudad que esconde un gran tesoro bajo tierra: el museo de arte contemporáneo MONA.
Y si sobran días, el país de los canguros guarda más tesoros como conducir por la Great Ocean Road hasta sus Doce Apóstoles desde Melbourne, catar los viñedos de Margaret River y visitar –a pesar del calor– el sagrado monte Uluru. Unos mordiscos ideales para poder presumir de haber conquistado este territorio tan vasto y atractivo.
Nueva Zelanda para una luna de miel al natural
Nueva Zelanda es un trampantojo cartográfico. Parece pequeña, pero, sin embargo, se recorre despacio, por carreteras de un carril y mil curvas donde cada mirador exige una parada. Por eso el error clásico del recién casado es querer abarcarlo todo. De ahí que resulte preferible concentrar la mayor parte del tiempo en la Isla Sur, la de los superlativos, y dejar la Norte para una segunda visita.
La ruta natural se dibuja como un bucle, en coche o autocaravana, en torno a Queenstown. Esta ciudad pegada a un lago color zafiro se ha ganado a pulso el título de capital mundial de la adrenalina: aquí nació el puenting y todavía hay quien se lanza al vacío desde el puente de Kawarau, mientras que otros prefieren subirse al nerviosísimo jet boat que navega a toda velocidad por el cañón del Shotover.
Pero la ciudad también sabe de relax. Basta desviarse unos kilómetros hasta el sosiego dorado de Arrowtown, un viejo pueblo de buscadores de oro, para bajar las revoluciones antes de la gran cita con la naturaleza. Esta no es otra que Fiordland y el consiguiente crucero por Milford Sound, donde se avanza entre paredes verticales de las que se descuelgan decenas de cascadas y sobre cuyas rocas duermen las focas.
Después, la aventura recala en Wanaka, hermana pequeña y más serena de Queenstown, y trepa luego por el Lindis Pass, un puerto icónico y panorámico que conduce hasta el corazón alpino del país. Allí aguarda Aoraki/Mount Cook, el techo de Nueva Zelanda, cuya mole nevada sobrecoge al finalizar la caminata del valle de Hooker. A su sombra se tiende el lago Tekapo, de un turquesa inverosímil, bajo uno de los cielos nocturnos más limpios y estrellados del planeta.
Antes de poner el punto final en Christchurch, un último bocado salvaje: contemplar a los cachalotes que emergen frente a Kaikoura o a los delfines más pequeños del mundo, que juguetean en la bahía de Akaroa.
Paraísos cercanos a Nueva Zelanda y Australia
Tras la aventura, un buen motu (atolón) y relax. Desde Sídney (Australia) o Auckland (Nueva Zelanda), el Pacífico Sur queda a un salto de avión. Merece la pena arriesgarse a esta combinación porque, aunque sea época de lluvias, los chubascos se concentran en un breve periodo del día mientras que el sol luce poderoso el resto de la jornada. Estas son las mejores opciones para redondear una luna de miel desde Nueva Zelanda o Australia.
- Islas Cook (Rarotonga y Aitutaki). El epílogo más lógico desde Auckland ya que está a solo cuatro horas de vuelo. La laguna de Aitutaki, salpicada de motus desiertos, es de las más hermosas del planeta.
- Fiyi. Es el archipiélago más versátil y se ubica a tres o cuatro horas tanto de Sídney como de Auckland. Está formado por un rosario de más de trescientas islas —las Yasawa, las Mamanuca— con corales espectaculares y una hospitalidad proverbial.
- Polinesia Francesa (Bora Bora, Moorea, Tahití). El capricho mayúsculo: bungalows sobre el agua y lagunas de un turquesa extraterrestre. Diciembre y enero son los meses más lluviosos, aunque las Islas de la Sociedad siguen garantizando horas de sol entre aguacero y aguacero.
- Isla Lord Howe (Australia). Es la excepción que confirma la regla: un clima subtropical, con un cupo de 400 viajeros simultáneos, está a tan solo dos horas de Sídney y vive su mejor momento justo en verano.
- Nueva Caledonia. Un pedazo de Francia en Melanesia, con la mayor laguna del mundo protegida por la Unesco y la insuperable panorámica de la Isla de los Pinos. Bien conectada desde Australia y Nueva Zelanda.
Filipinas: cuando el amor salta de isla en isla
Filipinas tiene 7.641 islas, una cifra tan desmesurada que el primer consejo es también el más difícil de dar: hay que renunciar y elegir el mejor itinerario. La parte positiva es que el calendario juega a favor, porque de diciembre a febrero sopla el amihan, el monzón seco del noreste que despeja el cielo y calma el mar justo cuando el país deja atrás la temporada de tifones. Es, sencillamente, su mejor momento.
Sí, hay que elegir, pero todo recorrido por Filipinas debe pivotar alrededor de Palawan, la región más icónica, fotogénica y espectacular del país. En El Nido, el archipiélago de Bacuit despliega un anfiteatro de farallones de caliza que brotan del agua turquesa como los colmillos de un dragón dormido. No hay mejor forma de recorrerlo que a bordo de una bangka, la esbelta canoa filipina, que se desliza de isla en isla hasta colarse en el estanque escondido de la Big Lagoon, en la más recogida Small Lagoon de Miniloc o en esa Secret Beach a la que solo se llega nadando por una grieta en la roca.
Un leve viaje en avioneta basta para cambiar de decorado y aterrizar en Coron y en su reverso submarino: un mundo de pecios japoneses hundidos en la Segunda Guerra Mundial que el mar ha convertido en jardines de coral, y de lagunas como el Kayangan o el Twin Lagoon, donde el agua dulce y la salada se funden formando un cóctel de jade tan singular como hipnótico.
Después conviene pisar tierra firme, y ahí entra Bohol, una isla que guarda, tierra adentro, el espectáculo surrealista de las Chocolate Hills: más de mil colinas que parecen clonadas y que en la estación seca se tuestan hasta parecer una caja de bombones. Entre la espesura asoman las miradas de los tarseros, un primate diminuto de ojos desmesurados que cabría en la palma de una mano. Eso sí, aquí el agua también es protagonista con la excursión por el río Loboc o el buceo frente al islote de Balicasag entre tortugas que apenas se inmutan por la compañía.
Si aún quedan días y energía, siempre queda rendirse al espíritu bohemio de Siargao, donde los surfistas peregrinan a la ola de Cloud 9, o poner rumbo a Cebú para dejarse abrazar por el fascinante banco de sardinas de Moalboal, un remolino plateado de millones de peces que gira a pocos metros de la orilla.
Y es que en Filipinas se vive a island time, ese compás isleño en el que los horarios son una sugerencia. A ello hay que añadirle una complicidad que el viajero español descubre casi sin buscarla: tres siglos de historia compartida dejaron aquí apellidos conocidos, el mismo santoral que se celebra en cualquier pueblo de España y una retahíla de palabras castellanas incrustadas en el tagalo. Empezando por ese "kumusta" con el que saludan y que no es sino un "¿cómo estás?" que el tiempo moldeó.
Filipinas acaba sintiéndose, a ratos, como un espejo tropical en el que uno se reconoce.
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Sri Lanka y Maldivas: la aventura y su recompensa
Es el combinado que nunca falla, y no por casualidad. Primero la isla que no para quieta, después las que invitan a no hacer nada. Un 2x1 que encaja de maravilla en el calendario porque de diciembre a marzo el monzón seco reina tanto en el sur y el oeste de Sri Lanka como en todo el archipiélago maldivo.
Sri Lanka sorprende por su densidad: en pocas horas de carretera se pasa de la playa a los paisajes verdes de las tierras altas. El recorrido lógico arranca en el Triángulo Cultural, el corazón antiguo de la isla. Para explorarlo en condiciones, conviene madrugar para coronar Sigiriya, la roca-fortaleza que el rey Kashyapa levantó sobre una peña de granito de doscientos metros y que se corona justo cuando el amanecer tiñe de rosa la llanura. A un paso quedan los templos-cueva de Dambulla donde centenares de budas dorados velan bajo techos pintados dentro de la montaña.
Después, la carretera asciende hacia Kandy, la última capital del reino cingalés, guardiana del Templo del Diente de Buda y punto de partida de uno de los trayectos ferroviarios más hermosos del planeta: el tren que trepa sin prisa entre laderas peinadas por las plantaciones de té, cruza el viral Nine Arch Bridge y va superando estaciones de nombres imposibles hasta desembocar en el pueblo de Ella.
Y cuando parece que la isla ya lo ha dado todo, el sur sorprende con los leopardos del Parque Nacional de Yala; las murallas y callejones que los holandeses alzaron en Galle, hoy un dédalo de callejones coloniales frente al Índico; y el puerto de Mirissa, desde donde zarpan las excursiones para encontrarse con la ballena azul, el animal vivo más grande que ha habitado la Tierra.
Y cuando el cuerpo pide un poco de vida horizontal, un vuelo corto a Malé cambia el viaje por completo. En Maldivas, aparentemente, no hay nada que ver, y ese es justo el plan: atolones casi privados, aguas de mil azules, arrecifes donde bucear entre mantas y tortugas, veladas a la luz de una luna y unos cielos limpísimos.
¿El broche de oro? El atolón de Ari Sur es uno de los pocos rincones del mundo donde el tiburón ballena, el pez más grande del océano, se deja ver durante todo el año; y de diciembre a abril se acerca a la cara oeste de los atolones. Nadar al lado de esa mole moteada es casi tan inolvidable como una gran boda.
Egipto entre faraones y corales
El éxito de la apertura, en noviembre de 2025, del Gran Museo Egipcio no ha hecho sino confirmar una evidencia: este país, y la civilización que lo alumbró, tienen la fascinante habilidad de deslumbrar de mil maneras distintas. Levantado a un paso de las pirámides de Guiza, este espacio es el mayor recinto del planeta consagrado a una sola cultura y se ha convertido en el enésimo reclamo de un destino que, durante nuestro invierno, es mucho más amable de visitar.
El itinerario fluye casi por sí solo, como si lo hubieran trazado los propios dioses del Nilo. Se empieza por El Cairo, esa ciudad desbordada y magnífica a la que conviene dedicarle varios días. Sobre todo, para poder sumergirse en el nuevo museo media jornada y para poder madrugar otro día con el objetivo de llegar a la meseta de Guiza antes de que se presente la gran horda de turistas.
Pero el auténtico espinazo del viaje es el río: un crucero que remonta el Nilo entre Luxor y Asuán, deslizándose de un templo a otro al ritmo perezoso de la corriente. Los colosos de Karnak, que empequeñecen a quien se atreve a mirarlos; el Valle de los Reyes, excavado en la orilla de los muertos y donde el color de los frescos aún resiste el paso de los milenios; los templos Edfú y Kom Ombo asomados a la ribera; el templo de File, rescatado piedra a piedra de unas aguas que iban a engullirlo; y, mucho más al sur, la pura desmesura de Abu Simbel, esos cuatro gigantes que un Ramsés ávido de eternidad ordenó tallar en la roca viva. Y lo mejor es que todo ese desfile milenario se contempla desde la cubierta mientras las garzas levantan el vuelo entre los cañaverales.
Y para relajarse, el Mar Rojo. En el extremo sur, la costa Marsa Alam es la más virgen y serena, con bahías en las que se puede hacer snorkel rodeado de tortugas, bucear entre los delfines de Sha'ab Samadai y hasta bañarse con el esquivo dugongo. Más al norte, El Gouna pone el toque elegante con sus lagunas y canales para las parejas que busquen playa con estilo.
Y en la península del Sinaí aparece el paraíso del submarinismo. Sharm el-Sheikh custodia las paredes de Ras Mohammed, los arrecifes del estrecho de Tirán y el pecio del Thistlegorm, quizá el barco hundido más espectacular del planeta, mientras la bohemia Dahab invita a asomarse al vértigo azul de su Blue Hole. Historia y coral: Egipto lo tiene todo… y sigue siendo inagotable.
Tanzania: del safari más íntimo a las playas más codiciadas
La sabiduría popular dicta que el safari se debe realizar durante la estación seca, de julio a octubre, y que el invierno europeo es un mal momento para África. Craso error. Precisamente entre enero y febrero tiene lugar en el sur del Serengeti uno de los mayores espectáculos de la naturaleza: la temporada de nacimientos. Medio millón de ñus vienen al mundo en apenas unas semanas en las llanuras de hierba corta de Ndutu, y tras ellos llega, inevitable, la corte de depredadores.
No es la migración de los documentales, la del río y los cocodrilos. Es su reverso: la vida, no la fatídica travesía. Leones, guepardos e hienas patrullan un horizonte moteado de crías que se sostienen en pie a los pocos minutos de nacer. La hierba, verde tras las lluvias cortas, tiñe de esmeralda un paisaje que en temporada alta es puro polvo, y las llanuras abiertas de Ndutu permiten salir de la pista para arrimarse a la escena. O lo que es lo mismo, menos todoterrenos y más intimidad.
Y cuando el corazón no soporta más adrenalina, toca mirar al mar. El contrapunto está a menos de dos horas de vuelo y tiene un nombre exótico y sabroso: Zanzíbar. Justo en enero y febrero la isla vive su estación seca corta, calurosa y soleada, con el Índico a treinta grados. El laberinto de callejuelas de un Stone Town perfumado de clavo y cardamomo; los arrecifes del atolón de Mnemba donde las tortugas nadan con los bañistas; las playas de arena impoluta de Nungwi y Kendwa… son solo los ingredientes de un archipiélago que, además de ser un show natural, es puro mestizaje.
Una Sudáfrica esencial… y diferente
Al igual que sucede con Tanzania, el invierno boreal no es la temporada ideal para viajar al extremo sur del continente negro; pero sí que es una oportunidad porque el turismo masivo desaparece y surgen otras oportunidades para revisitar este enorme país. El objetivo aquí está claro: exprimir al máximo Ciudad del Cabo, una ciudad sorprendentemente europea que, a su vez, está rodeada de algunos de los paisajes más improbables del continente.
Es por ello que merece la pena invertir una semana en esta urbe, recorriendo su frente marítimo, siguiendo las huellas de Mandela hasta la isla Robben, curioseando en las exposiciones del sorprendente museo Zeitz MOCAA, saboreando el colorido y multicultural barrio de Bo-Kaap y conquistando Table Mountain, esa enorme explanada situada a más de 1.000 de altitud que es mucho más que un mirador sobre la ciudad. En su curiosa geografía crece el reino florístico del Cabo, uno de los ecosistemas más puros y primitivos del planeta.
Y luego toca descubrir los paisajes que completan esta urbe. En primer lugar está, como no, el Cabo de Buena Esperanza, en una excursión de un día en la que conviene parar en Boulders Beach para ver a los pingüinos en libertad y conducir por Chapman Peaks, una de las carreteras más espectaculares del mundo.
En segundo lugar está el trinomio vitivinícola formado por Setellenbosch, Franschhoek y el valle de Constantia, probablemente el viñedo más hermoso del mundo por su habilidad para combinar viñedos clorofílicos con montañas de aspecto hawaiano. En sus bodegas se cata chenin y pinotage a la sombra de un roble, se degustan productos Km0 y se goza de la compañía de muchos sudafricanos que, cada vez más, se sienten orgullosos de sus caldos.
Y en tercer lugar, la carretera. La Garden Route enhebra hacia el este una sucesión de paisajes de cuento: la laguna de Knysna, las playas de Plettenberg Bay, los bosques y puentes colgantes del Parque Nacional de Tsitsikamma… Un fin del mundo verde y salvaje, sin una sola aglomeración.
De la ciudad al safari
Eso sí, sería un delito pisar Sudáfrica y no hacer ningún safari. Estas reservas y opciones son ideales para combinarlas con Ciudad del Cabo.
- Sabi Sand (Gran Kruger). Es una de las mejores reservas privadas que limitan con el Kruger, con los inco Grandes casi garantizados todo el año y unos guías que no dudan en salirse de la pista para aproximarse a los animales. En su verano —nuestro invierno— el monte está verde y lleno de crías; a cambio, aprieta el calor y la hierba alta complica algo el avistamiento.
- Kruger en temporada de lluvias (diciembre-marzo). El parque más famoso de África en su cara verde: paisaje exuberante, impalas recién nacidos, aves migratorias… con menos gente y mejores precios. Eso sí, la hierba espesa cobija más a los animales que durante la temporada seca (de junio a septiembre).
- Madikwe. Cinco Grandes sin malaria, junto a la frontera con Botsuana: la opción tranquila para novios que prefieren viajar sin antipalúdicos.
- Cabo Oriental (Kwandwe, Shamwari). El safari que remata la Garden Route: aquí las reservas están libres de malaria y son perfectas para aquellos que quieren encadenar el road trip con el avistamiento de animales sin coger un avión.
- Phinda (KwaZulu-Natal). Siete ecosistemas en uno, del bosque de arena a la costa, con rinocerontes y guepardos. Y el Índico a mano para un chapuzón en la playa.
Panamá y el embrujo de los dos océanos
A Panamá se la reduce injustamente a un canal y a un puñado de rascacielos, cuando es uno de los pocos países donde se puede desayunar en el Pacífico y cenar en el Caribe el mismo día. Su istmo, tan estrecho y retorcido que el sol parece salir por el océano equivocado, enhebra dos mares, dos costas y varios mundos. Y el momento para visitarlo es durante el invierno boreal. Es decir, durante la estación seca panameña, que va de diciembre a abril y que garantiza cielos limpios y una humedad bajo mínimos.
El viaje lógico arranca en Ciudad de Panamá, donde la selva llega hasta el asfalto. Un día para el Canal —ver a un carguero salvar los desniveles en las esclusas de Miraflores es uno de los mayores placeres visuales que ofrece la ingeniería— y otro para el Casco Viejo, un dédalo colonial de plazas, azoteas y buenos restaurantes en una capital que presume de ser Ciudad de la Gastronomía de la Unesco.
Después toca cruzar el país sin renunciar a los placeres. En Boquete, en las tierras frías de Chiriquí, el aire huele a café. No en vano, en estas fincas crece el Geisha, el grano más cotizado del planeta, y su descubrimiento se completa con un safari en busca de los preciosos quetzales y un poco de rafting por el río Chiriquí Viejo. Una aproximación única y muy diferente al corazón verde del país.
Eso sí, el verdadero tesoro para los recién casados de Panamá está en el Caribe con dos paraísos que empiezan a ser tendencia. Por un lado, Guna Yala —el archipiélago de San Blas— un territorio indígena autónomo de más de trescientas islas donde mandan los guna, se duerme en cabañas sobre la arena y no hay más plan que navegar de islote desierto en islote desierto. Y luego está Bocas del Toro, más animada, con más alojamientos e infraestructuras, pero sin ser aún un reguero de resorts. Dos costas, un país y la sensación de haber visto medio mundo sin cambiar de huso.
Argentina al compás del tango… y de los glaciares
Argentina mide casi 3.700 kilómetros de norte a sur: pretender "hacerla entera" es una quimera, y el verano austral zanja el dilema, porque es la única ventana en que la Patagonia se deja pisar. Así, el plan se define por sus contrastes: un poco de ciudad, mucha montaña y una copa de Malbec para brindar.
Por supuesto, el inicio está en Buenos Aires, la más europea de las capitales latinoamericanas, que en pleno verano afloja el pulso aprovechando que los porteños huyen a la costa. Tres días para el cementerio de la Recoleta, los adoquines de San Telmo, los coloridos de La Boca, los libros del Ateneo y los tangos en Boedo o en San Telmo.
Luego toca virar al sur, que es donde Argentina se despoja de la máscara urbanita y enseña su rostro más salvaje. La Patagonia guarda dos joyas separadas por apenas un vuelo: la primera aguarda en El Calafate, donde el glaciar Perito Moreno avanza como una muralla de hielo de sesenta metros que de tanto en tanto se desgaja en bloques del tamaño de edificios, precipitándose al agua con un estruendo que arranca un murmullo unánime a los que lo contemplan.
La segunda, más al norte, en El Chaltén, ese pueblo que se ha ganado a pulso el título de capital nacional del trekking y desde el que parten los senderos que trepan hasta el pie del Fitz Roy, la catedral de granito que cada amanecer se tiñe de un rojo casi volcánico.
¿Y para brindar por todo ello? Mendoza, tendida al pie de los Andes y bajo la mirada perpetua del Aconcagua, el techo de América. Allí, en las bodegas del Valle de Uco, se catan malbecs de altura con la cordillera nevada recortándose al fondo y las viñas presumen, exuberantes, de estar cerca de la vendimia.
Si todavía sobran días, se puede enfilar la ruta de los Siete Lagos desde Bariloche, asomarse al fragor blanco de las cataratas de Iguazú, desbordadas en pleno caudal; o buscar, en la lejana Península Valdés, esas colonias de medio millón de pingüinos que en verano asaltan la costa.
Luna de miel en invierno:
Chile y sus paisajes más arrebatadores
Chile es un país imposible, una pura contradicción geográfica: 4.300 kilómetros de norte a sur y apenas 180 km de anchura media, una delgada cuña de tierra encajada a presión entre el muro de los Andes y la inmensidad del Pacífico, capaz de contener en su interior desde el desierto más árido del planeta hasta los glaciares del fin del mundo. No hay quien lo recorra entero, ni falta que hace; lo suyo es elegir los extremos y rendirse a ellos. Y el verano austral —nuestro invierno— tiene la rara virtud de abrirlos los dos a la vez.
El centro hace de puerta de entrada y bien merece una pausa antes de lanzarse a los confines. Está Santiago, tendida a la sombra de una cordillera que amanece nevada casi todo el año, y a apenas una hora, la díscola Valparaíso, ese puerto encaramado a los cerros donde las casas se apiñan en un estallido de colores, los funiculares centenarios trepan crujiendo por las laderas y cada muro parece un lienzo para el street art. Y a su alrededor, desplegándose entre montañas, los valles del vino: en Colchagua o en Casablanca se catan carménère y sauvignon con los Andes como punto de fuga.
Al norte aguarda otro mundo, casi otro planeta: San Pedro de Atacama, corazón del desierto más seco de la Tierra. Allí, el Valle de la Luna se enciende en ocres y violetas a la caída de la tarde, los géiseres del Tatio rompen a humear en la fría madrugada a más de cuatro mil metros de altura, las lagunas altiplánicas aparecen teñidas de rosa por bandadas de flamencos y, cuando cae la noche, se despliega uno de los cielos más limpios y estrellados del planeta, razón por la cual el mundo entero ha plantado aquí sus grandes telescopios.
Y al sur, el clímax, el que deja sin palabras: Torres del Paine, la joya indiscutible de la Patagonia chilena. Sus tres agujas de granito alzándose desnudas hacia el cielo, el perfil inconfundible de los Cuernos, la lengua azulada del glaciar Grey y los guanacos que resisten contra un viento que no cesa, componen el escenario del célebre trekking de la W, esa travesía con la que sueña todo caminante. El verano es, sin duda, su mejor ventana… pero también la más ventosa y concurrida, de modo que conviene reservar con muchísima antelación.
¿Y si aún sobran días? Chile guarda siempre un pliegue más que explorar: los volcanes y las termas humeantes del Distrito de Los Lagos, las frágiles iglesias de madera de Chiloé —levantadas sin un solo clavo y hoy Patrimonio de la Humanidad— o esas capillas de mármol que el agua ha esculpido, paciente, a orillas del lago General Carrera.
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Isla de Pascua: amor entre moáis
Si el presupuesto y los días lo permiten, bien merece la pena el salto hasta el ombligo del mundo —así, Te Pito o Te Henua, la bautizaron sus primeros pobladores—. A cinco horas y media de vuelo desde Santiago, perdida en mitad de la nada del Pacífico y a miles de kilómetros de cualquier otra tierra habitada, aguarda una isla que es uno de los lugares más remotos del planeta. Y en ella, repartidos por praderas peinadas por el viento, casi un total de novecientos moáis, los colosos de piedra que talló hace siglos un pueblo cuyo origen es todavía un misterio.
Contemplarlos es peregrinar de un extremo a otro de la isla, porque cada emplazamiento cuenta una parte distinta de la historia. La estampa más célebre espera en el ahu Tongariki, la mayor plataforma ceremonial de toda la Polinesia, donde quince gigantes se alinean hombro con hombro de espaldas al océano; hacia allí conviene madrugar, porque al amanecer el sol despunta justo tras ellos.
Pero es en la falda del volcán Rano Raraku donde hay que buscar el origen del misterio, pues allí estuvo la cantera en la que todos nacieron: cerca de cuatrocientos moáis quedaron a medio camino, unos aún prendidos a la roca madre sin acabar de desgajarse, otros clavados de pie y sepultados hasta el cuello por el paso de los siglos, incluido un coloso inconcluso de veintiún metros que jamás llegó a levantarse.
No lejos de allí, los siete moáis del ahu Akivi rompen la regla ya que son los únicos que miran hacia el mar, alineados con tal precisión que señalan la puesta de sol del equinoccio; y al declinar la tarde, junto a la aldea de Hanga Roa, el conjunto de Tahai sorprende con uno de sus gigantes luciendo todavía los ojos de coral blanco y obsidiana con que, dicen, se los despertaba a la vida.
Después, espera el volcán Rano Kau, un cráter descomunal anegado por una laguna, en cuyo borde se aferra la aldea ceremonial de Orongo con su antiguo culto al hombre-pájaro. Y para darse un chapuzón, Anakena, una playa orlada de palmeras donde, según la leyenda, desembarcó Hotu Matua, el primer rey polinesio, y que hoy custodian los moáis del ahu Nau Nau, algunos aún tocados con su pukao, el moño de piedra roja.
Y ojo, que si el viaje tiene lugar en la primera quincena de febrero, coincidiréis con el Tapati Rapa Nui, la gran fiesta ancestral de la isla en la que dos clanes rivalizan en danzas, cantos y en pruebas tan vertiginosas como el haka pei, descendiendo por la ladera de un volcán a lomos de troncos de plátano. Eso sí, conviene reservar vuelo y alojamiento con muchos meses de antelación, y contar siempre con la entrada al parque y un guía acreditado.
De Patagonia al fin del mundo
Aunque este paraíso de hielo y rocas debe visitarse en cualquier viaje a Argentina y Chile, también es un destino en sí mismo cuyas dos vertientes pueden combinarse. Una buena forma de empezar es por el lado argentino, aterrizando en El Calafate –campamento base del glaciar Perito Moreno– y trampolín, tres horas al norte, hacia las agujas del Fitz Roy en El Chaltén.
Y cuando el lado este ya no da más de sí, llega el momento de pasar al otro lado.
Unas cinco horas de pampa, jalonadas de guanacos y de estancias solitarias, separan El Calafate de Puerto Natales, la pequeña ciudad asomada al seno de Última Esperanza –bautizado así por los navegantes del siglo XVI que buscaban por estos canales, ya sin fe, el paso hacia el estrecho de Magallanes– que ejerce de puerta chilena del macizo. Y desde ella se despliega lo mejor de la Patagonia austral.
A un par de horas de carretera aguarda, cómo no, Torres del Paine, cuyo granito ya se ha ganado su propio capítulo en estas páginas; pero sería un pecado marcharse sin embarcarse antes en una de las navegaciones más hermosas del continente, la que remonta el fiordo entre cascadas, cormoranes y lobos marinos hasta el corazón del Parque Nacional Bernardo O'Higgins, el mayor de todo Chile, para plantarse frente a los glaciares colgantes de Balmaceda y Serrano.
Y a un paso del pueblo se abre la boca de la Cueva del Milodón, la caverna donde a finales del siglo XIX apareció la piel de un perezoso gigante ya extinto y que, con el tiempo, acabaría prendiendo la imaginación de Bruce Chatwin y de cuantos han soñado la Patagonia mucho antes de pisarla.
Aquí confluye, por fin, todo lo que los dos capítulos anteriores apenas rozaron –el hielo argentino y el granito chileno– y aquí, sin remedio, se terminan las carreteras. Porque más al sur solo queda el confín.
Ese tiene nombre: Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, agazapada entre el canal Beagle y los montes nevados, donde el aire huele a cordero asado y las calles bajan a un puerto que no mira a ninguna parte… salvo hacia el sur. Es la antesala del último viaje.
Y entonces llega el regalo, el que corona una luna de miel irrepetible. De Ushuaia zarpan los buques de expedición que atraviesan el temible paso de Drake —dos días de mar abierto, o un vuelo de dos horas desde Punta Arenas para los estómagos delicados— rumbo a la Antártida.
El verano austral es su única puerta: en diciembre y enero el sol no se pone, los polluelos de pingüino rompen el cascarón y las primeras ballenas jorobadas asoman entre el hielo. En esta travesía se desembarca en zodiac entre icebergs del tamaño de catedrales, se pisa el séptimo continente y se escucha su peculiar banda sonora. Y es que hay allí un silencio que no existe en ningún otro lugar habitado por el hombre.
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