El lugar de trabajo que ambos compartían hizo que Ana y Enrique vivieran la más bonita de las casualidades. El destino les tenía preparado un noviazgo único y duradero, y así sucedió. Pasados tres años de haberse conocido, la pareja inició una nueva vida juntos, los dos de la mano y siguiendo un mismo camino. No obstante, su historia no había hecho más que empezar, pues Enrique tenía preparada una gran sorpresa para quién ya era la mujer de su vida... Cuatro años después de unir sus vidas en una única, Enrique formuló la tan deseada pregunta a Ana acompañada de un precioso solitario de la emblemática joyería Suárez. Así, el 14 de febrero de 2014, el restaurante favorito de ambos –lugar en el que estaban cenando esa mágica noche, en Bilbao, se convirtió en el escenario más especial para la pareja en un San Valentín inolvidable. Justo cuatro meses después, el 14 de junio de 2014, Ana y Enrique se fundían en un "sí, quiero" de película.

Ambos soñaban con una boda especial, romántica e íntima, rodeados de la gente que más querían. Por ello, tanto Ana como Enrique decidieron hacer del jardín de su casa el lugar que acogiera su romántica cita. En una mezcla de dos estilos únicos –con la delicadeza del romántico y la autenticidad del rústico–, la pareja quiso reflejar su personalidad en la celebración de una boda diferente a todas las demás, donde los nude, el blanco y los colores más naturales –de los que destacaron el rosa empolvado y el verde pastel– tuvieron una gran presencia. También la tuvieron los centros florales de mesa, pues cada rincón de la ceremonia sucumbió a su gran belleza. De la excelencia indiscutible del escenario se encargó Sunday Atelier, con la ayuda indispensable de una maravillosa wedding planner. En cuanto al menú nupcial, y teniendo en cuenta que la celebración tuvo lugar en el País Vasco –reconocido por la exquisita tradición de sus platos–, el grupo del Restaurante Montenegro quiso estar a la altura con un catering que sorprendió a todos los paladares: un cóctel de pie en el que se sirvieron canapés, un abridor de ostras y un cortador de jamón, seguido de un almuerzo y una cena brillantes.

En cuanto al look, tanto Ana como Enrique lucieron impecables. Ella eligió un vestido de encaje de seda salvaje color champagne, de Maria Lluïsa Rabell, a juego con unas sandalias en un tono rosa empolvado, de Armani. Como peinado, Ana apostó por los años veinte con un tocado en tonos champagne y rosa, de Yedra. Como complementos, unas fantásticas joyas –pendientes y pulsera–, de BHLDN. Por su parte, Enrique se decantó por una camisa y traje de Brian Dales, cinturón de DSQUARED y alpargatas de ante, de Loewe.

Como protagonistas indiscutibles del enlace, los seis hijos de la pareja se convirtieron en sus mejores acompañantes. Luciendo impecables en su papel de pajes y damitas de honor, llegaron a emocionarse incluso más que la pareja. Sin duda, el brillo de felicidad en los ojos de Ana y Enrique, y un ambiente íntimo cargado de alegría y complicidad, sirvieron para emocionar a todos los presentes: amigos y familiares más allegados. De todo ello fueron testigos el grupo de fotógrafos de Heartmade Weddings, quienes consiguieron retratar a la perfección, en cada una de sus capturas, la magia del gran día. Hablamos de una luz impecable y de unas instantáneas convertidas en el reflejo más nítido de la felicidad absoluta... Fotografías de un gran día que debéis conocer.