Ir al contenido principal

La boda de Javier y Ana Esther en Chiclana De La Frontera, Cádiz

Modernas Otoño Rosa 1 profesionales

Ana Esther Guerrero Pacheco
Por Ana Esther Guerrero Pacheco

El 26/09/2026 10 0 1

Conoce al equipo de profesionales

J&A

26 Sep, 2026

Servicios y Profesionales de la Boda de Javier y Ana Esther

Otras bodas en Finca El Caballo

Otras bodas en Cádiz

Inspírate con estas bodas

Otras bodas de color rosa

Mostrar todas

Otras bodas en Otoño

Mostrar todas

Otras bodas modernas

Mostrar todas

1 comentario

Ana
Nos conocimos, nos quisimos, construimos una familia. Y 16 años después, en Tenerife, en un barco, Javi me pidió matrimonio. No estábamos solos: nuestros hijos fueron partícipes y cómplices de ese momento. Nos costó decidir cómo queríamos celebrarlo. Hasta que un día, de pesca, hablando tranquilamente, lo tuvimos claro. Queríamos algo íntimo, natural, sin artificios, que nos representara. Y así, casi sin buscarlo, encontramos el camino. La finca, la fecha, la idea. Y lo decidimos. Lo que vino después fue un proceso largo, pero lo llevé con mucha calma. No tuve prisa, no me agobié. Fui haciendo cada cosa a su ritmo, poco a poco, disfrutando del camino. Y gran parte de lo que hay en esta boda lo hice con mis propias manos: las velas, las semillas, los detalles, cada regalo. Todo hecho con tiempo, con cariño, con la ilusión de saber que era para los nuestros. Hubo gente que se ilusionó conmigo. Gente que me ayudó sin pedir nada a cambio. Mis damas invisibles, esas que no llevaron vestido ni protocolo, pero que hicieron ese papel en silencio, en cada momento, en cada llamada, en cada idea. Cada una a su manera, cada una aportando lo que podía, pero siempre muy presentes. Sin ellas, esta boda no habría sido lo mismo. También hubo tiempo para celebrar. Cuatro despedidas de soltera, cada una con su encanto, cada una con su gente, todas ellas formando parte de esta historia. Poco a poco, lo que parecía imposible se convirtió en realidad. Y entonces llegó el 26 de septiembre. El día que habíamos estado esperando, no solo unos meses, sino toda una vida. Todo empezó con una emoción contenida. Mi padre, cogiéndome del brazo, con esa mezcla de inocencia y ternura que solo él sabe transmitir. Mis hijos y mis sobrinos, guiándome, y él allí esperándome, tan guapo y, aunque no lo podía imaginar cuando todo esto comenzó, tan ilusionado y emocionado. Y en medio de todo, la voz de mi amiga, oficiando la ceremonia, con una emoción que se contagiaba a todos los que estábamos allí. Hubo lecturas de familiares, que pusieron palabras a lo que todos sentíamos. Xavi, mi hijo, tocando el piano con una serenidad que me emocionó hasta lo más profundo. Nuestros votos, esas palabras que habíamos guardado tanto tiempo y que por fin pudimos decirnos delante de todos. Y las miradas. Las miradas de emoción de todos los invitados, que nos acompañaron en cada momento, que lloraron con nosotros, que rieron con nosotros. No faltó nada. No faltó absolutamente nada. Todo fue perfecto, todo fue bonito, todo fue nuestro. Y después, la fiesta. Un despliegue de alegría que no se puede describir con palabras, pero que se sintió en cada rincón de la finca. Bailamos sin parar. Reímos sin parar. Nos hicimos fotos en el fotomatón, tantas que llenamos libros y libros de recuerdos. El baile fue precioso, y ver a mi niña bailando flamenco fue uno de esos momentos que se quedan grabados para siempre. Hubo batallas de baile entre mesas, risas compartidas, nuestra entrada al salón, la gente emocionada, feliz, divirtiéndose, tan cerca de nosotros que parecía que éramos uno solo. Fue un día en el que todo encajó. En el que todo el mundo disfrutó. En el que sentimos el cariño de todos los que nos quieren, y nosotros les devolvimos el nuestro. Esta no es solo la crónica de una boda. Es la crónica de un amor que esperó 20 años. De un sueño que se hizo realidad. De un día que no olvidaremos jamás.
Enviado el 30 de Septiembre de 2026 a las 23:16 Responder

Deja tu comentario