La boda de Jaime y Laura en Madrid, Madrid
Al aire libre Verano Verde
J&L
19 Ago, 2017El día de nuestra boda
Contra todo pronóstico, amanecí tranquila, aquel día. A las 11 de la mañana llegaron el ramo, los prendidos y las réplicas a casa, de la mano de las chicas de Arbolande, que fueron un encanto.
Nos vestimos tranquilamente y salimos hacia la finca de Villanueva, donde aún quedaban algunas cosas que montar y terminar.
Al llegar allí, terminamos de colocar todas las manualidades que durante los meses anteriores habíamos estado elaborando Jaime y yo (la señal de la boda, el photocall de rosetones de colores, las iniciales con bombillas, el mural de fotos de los invitados), los regalos de los invitados y el candy bar.
Y entonces empezó en serio la preparación de la boda.
Las chicas nos preparábamos en la habitación de la novia: maquillaje, rulos, ruido de secadores y algunos nervios al ver que el momento clave cada vez estaba más cerca.
Y en el recibidor, los amigos de Jaime ayudaban a vestir al novio, que, también contra todo pronóstico, estaba mucho más nervioso de lo que nunca hubiera imaginado.
Seguir leyendo »El estómago cerrado, los rulos en la cabeza, las indicaciones a los fotógrafos y los videógrafos, los autobuses que ya salían hacia la finca, y el tiempo que pasaba volando.
Sobre las 6 y media de la tarde, empezaron a llegar los primeros invitados. ¡Qué ilusión descubrir que todos nuestros amigos y familiares habían decidido reunirse allí por nosotros! Se empezaron a servir las primeras limonadas fresquitas para combatir el calor de agosto en Madrid mientras hacían tiempo hasta que empezara la ceremonia.
Por lo poco que podía ver asomándome por la ventana de la habitación de la novia, podía comprobar que estaba todo precioso. La decoración de Oleanto había sido un éxito, la encina estaba espectacular y majestuosa como siempre, presidiendo un altar decorado con muchísimo gusto. Los puestos de limonada también estaban puestos con mucha gracia y lo más importante, los invitados, con una sonrisa permanente de oreja a oreja. ¡Todos estábamos deseando que aquello empezara de una vez!
El vestido, el tocado, los pendientes, el ramo... Lo tenía todo listo, y mi padre me esperaba a la entrada de la habitación, nervioso perdido, porque siempre le ha dado mucha vergüenza convertirse en el centro de atención.
Yo hasta entonces, tranquila.
Empezó a sonar "Hero" de Family of the year, la canción de entrada de mi chico, y el corazón empezó a latirme más fuerte. ¡Había llegado el momento y en breve tendríamos que salir a escena! A los dos minutos empezaba a sonar "Summer Girl", también de Family of the year, la canción que yo había elegido para mi entrada. Ya estaba, ya había llegado el momento, tenía que dar el paso, rodear la casa de la finca Villanueva, esa casa encalada, preciosa, cubierta de hiedra, y encontrarme con la instantánea más bonita de mi vida, probablemente.
Y allí estábamos de pronto los dos, mi padre y yo, con paso tembloroso entrando en el altar. Los nervios contenidos, la sonrisa congelada y una emoción infinita al reconocer a todos y cada uno de los invitados. La gente comenzó a gritar ¡guapa! y empecé a sentir cómo la entereza se disipaba, y los nervios y la emoción me empañaban los ojos, sin borrar un segundo la sonrisa de mis labios. Y entonces lo vi a él, en el altar, esperando feliz, igual de guapo que siempre, incluso más, sonriéndome, con la vista fija en mí y los ojos vidriosos de la emoción. Allí estaba Jaime, nerviosito perdido, hecho un flan, pero decidido a dar conmigo el paso más importante de su vida hasta el momento. Y me derrumbé, me pareció una imagen tan tremendamente tierna y bonita que no pude contener más las lágrimas y empecé a llorar y a reír al mismo tiempo. ¡Era tan feliz! Mi padre me dejó en el altar y yo aproveché para besar a Jaime, que al oído me susurró lo guapa que estaba. Le devolví una sonrisa y nos sentamos. El resto de la ceremonia fueron todo palabras de cariño, emociones a flor de piel, muchas sonrisas y muchas lágrimas de nervios, de emoción, de ilusión…
Los dos mejores amigos de Jaime nos dedicaron la introducción a la ceremonia, con algunos chascarrillos, un par de bromas internas y muchas palabras bonitas hablando de nuestra amistad y nuestra relación. A continuación leyó mi madre un pequeño texto que ella misma había escrito, hablándonos de todo lo bueno que nos deseaba, al tiempo que nos advertía de lo complicadas que son a veces las relaciones en esto del amor. Hablaba de la paciencia, del entendimiento, de la complicidad y del cariño que a veces hay que dedicarse para que la cosa funcione. Dejó, literalmente, a medio “auditorio” agarrado al kleenex. Después pasó a leer una de mis mejores amigas, mi hermana casi, que eligió un pequeño fragmento de El Principito y al final del discurso nos regaló una copia del libro.
Por último Paula, la hermana de Jaime, le dedicó a su hermano un emotivo discurso recogiendo alguna anécdota divertida de cuando los dos eran niños.
Yo le leí unas palabras a Jaime y él me correspondió con una canción de Sabina que bailamos juntos en el altar.
Después, nos intercambiamos los anillos, el concejal sacó el acta matrimonial para que la firmáramos y listo. Ya estábamos oficialmente casados. Marido y mujer. Sonó la canción de Friends "I'll be there for you" en versión Voice Avenue y entre aplausos, miradas de cariño y pétalos de rosa abandonamos el altar y dimos paso al inicio del cóctel.
Abrazos, fotos, felicitaciones por la ceremonia, reencuentros entre invitados... Mientras comenzaban a salir las primeras referencias del cóctel.
En el jardín trasero de la Finca de Villanueva, el Catering de Oleanto se había encargado en colocar varios “corners" de comida, para reforzar el cóctel. Un pequeño rinconcito en el que hacían arroces, un carrito con panes, aceites y quesos de diferentes tipos, un cortador de jamón… Todo decorado con mimo y buen gusto. Jaime, Monica (Niko Estudio) y yo, aprovechamos ese momento para sacarnos algunas fotos dentro y fuera de la finca. Después unas cuantas fotos de grupo con todos los invitados y sin comerlo ni beberlo, entre conversaciones empezadas con unos y con otros, se pasó el cóctel volando. Llegó el momento de la cena, el sol ya se estaba escondiendo y encendimos las guirnaldas de luces que con tanto cariño nos habían montado los compañeros de My Wedthings. Los invitados empezaron a ocupar sus sitios y nosotros también nos sentamos en nuestra mesa presidencial, no sin antes leer un pequeño discurso de agradecimiento, dirigido a cada una de las mesas de invitados. La cena transcurrió tranquila y agradable, como tranquilas y agradables suelen ser las noches de verano en Madrid. El calor de agosto nos dio un poco de tregua, en cuanto bajó un poco el sol y el ambiente de las luces de verbena y las emociones que habíamos vivido apenas unas horas antes generaron una atmósfera llena de magia. Nosotros, con más ganas de estar con nuestra gente que de comer, aprovechábamos cada minuto para levantarnos y sentarnos en las mesas de los invitados para poder estar así algo más de tiempo con ellos, porque a este ritmo, la boda se estaba pasando sin que apenas nos diéramos cuenta. La cena terminó y llegó la hora de cortar la tarta. Una deliciosa Red Velvet Naked Cake que nos había preparado Dulce Bailarina y que repartimos entre algunas de las mesas para que todos pudieran probar un trozo. De fondo, mientras cortábamos la tarta, sonó la marcha de San Sebastián, como homenaje a mi tierra, en la que por varios motivos, finalmente no pudimos organizar la boda. Después del postre, repartimos los ramos a amigas y familiares y pasamos a la zona del baile, donde mi cuñada Paula nos había preparado una pequeña sorpresa con vídeos de los dos de cuando éramos pequeños. El tiempo seguía volando y las sorpresas se sucedían una detrás de otra sin que apenas nos diéramos cuenta. El baile de los novios, lo salvamos como buenamente pudimos, porque ninguno de los dos somos especialmente buenos bailarines, pero al menos logramos sacarle una sonrisa a algún invitado con el homenaje que le hicimos al Príncipe de Bel Air con su Apache Song. La discoteca quedó inaugurada y a partir de aquí, el resto pasó volando. Intentamos hablar con todo el mundo, agradecer a todos los invitados que hubieran venido, dedicamos algunas canciones y bailamos hasta que nos dolieron los pies, pero a pesar de todo se nos hizo corto. Y es que cuando llegaron los autobuses de vuelta, decididos a dar por concluida nuestra noche mágica, yo no me lo podía creer. En unos minutos la finca se quedaba vacía y mi recién estrenado marido y yo, tirados en el césped de la finca, reflexionábamos entre risas la razón que tienen todas las listas de “cosas que pasarán en tu boda" que habíamos leído por ahí: No comimos nada, todo se pasó volando y fue el día más feliz de nuestras vidas.
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