La boda de Eric y Sofia en Son Servera, Islas Baleares
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E&S
06 Nov, 2021El día de nuestra boda
El primer fin de semana de febrero de 2020 estaba de viaje de esquí con mi pareja y nuestros amigos, y el domingo día 2 mi novio de 9 años me pidió casarme con él en lo alto de un telesilla. ¡Podéis imaginaros mi cara al verle sacar un anillo allí arriba! Aparte de la emoción y felicidad, no podía parar de pensar que qué locura, que se le iba a caer el anillo. Por suerte, no fue así, y al bajarnos pudimos abrazarnos y dar la noticia a nuestros amigos (aunque ya eran cómplices y le habían guardado el secreto unos días).
Hacía tiempo que hablábamos de casarnos el día de nuestro décimo aniversario, que iba a ser el 7 de noviembre de ese año, así que la fecha estaba decidida. Al volver del viaje, mi madre y mis hermanas estaban muy ilusionadas por ir a comprar el vestido conmigo, así que ya en marzo mi madre cogió un avión desde Mallorca a Barcelona para acompañarme a las citas que concerté para ir a ver vestidos.
La primera tienda a la que fuimos fue Pronovias, donde una asesora encantadora me ayudó a encontrar mi vestido ideal en tan solo media hora, aunque la verdad es que eso fue lo único fácil y sencillo de nuestra boda. Y es que unas semanas después vinieron también mis hermanas un fin de semana a Barcelona para ver el vestido antes de que lo encargara, pero resulta que justo una semana después de eso llegó a España la tan conocida pandemia de la Covid-19.
Seguir leyendo »Aun con la llegada de la pandemia y el confinamiento, no perdimos la ilusión, ya que pensamos que para noviembre seguro que se habría calmado todo y podríamos celebrarlo. Pero nos equivocamos. El verano de 2020 relajaron tantísimo las restricciones para salvar la época del turismo, que a finales de septiembre todo fue mucho peor y ya vimos que era bastante improbable que pudiéramos casarnos el día de nuestro 10º aniversario. Pero, a pesar de todo, intentamos no perder la ilusión e ir viendo cómo avanzaba la cosa. El resultado fue que justo el lunes de la semana de nuestra boda se cerraron CC.AA., y la boda la celebrábamos en Mallorca (donde nací yo y vive mi familia), por lo que no podríamos salir de Barcelona.
Cuando ocurrió eso la verdad es que lo pasé mal unos días. Sé que es una tontería porque una boda no es un problema real e importante, pero era nuestra ilusión y ya no podría llevarse a cabo la fiesta que tanto deseábamos y que habíamos preparado con tanto cariño. Además, nuestra boda iba a ser pequeñita desde el principio, con menos de 30 invitados, y saber que durante el verano se habían celebrado algunas con más de 200 y ahora estábamos así daba rabia, la verdad.
Cuando llegó el 7 de noviembre, mi pareja y yo hicimos una cena especial, como nuestra propia ceremonia privada, y decidimos que iríamos viendo cómo avanzaba la pandemia y, si en marzo se podía, lo celebraríamos entonces. Claro está ahora que en esa segunda fecha tampoco pudimos celebrarlo, así que decidimos olvidarnos de la boda unos meses, dejar que pasara el verano, y ver entonces si podíamos celebrarla en la misma fecha que queríamos el año anterior.
Al ir avanzando los meses parecía que la cosa mejoraba, así que en septiembre de 2021 pusimos los preparativos en marcha otra vez, pero cambiamos al 6 de noviembre (en vez del 7), porque era sábado y sabíamos que sería mejor para nuestros invitados. Llegó por fin octubre, y con ello los últimos preparativos y revisiones con los proveedores. Día 1 de noviembre íbamos a coger un barco hacia Mallorca, y el pronóstico del tiempo para toda la semana era de lluvia. ¡Suerte que ya lo habíamos previsto y teníamos carpa alquilada y paraguas!
Una vez estuvimos ya en Mallorca, vimos que los días 1, 2 y 3 no llovió, como habían previsto, así que tuvimos la esperanza (aunque fuera poca) de que el día 6 tampoco lloviera, o no mucho. Pero entonces llegó el jueves 4 un ciclón al Mediterráneo, y no exagero cuando digo que nos quedamos bien empapados y con el agua hasta media pierna ese día haciendo los últimos recados. Aun así, los del catering llegaron para dejarlo todo listo y la lluvia nos dio tregua el viernes 5 y pudieron montarnos la carpa. Pero no penséis que ya todo iba a ser bonito a partir de aquí, ¡no!
Antes de irnos a dormir el viernes hacía un viento fortísimo, y uno de los palos de la carpa ya había cedido. "Nada, que no cunda el pánico, mañana cuando vengan a montar las mesas lo solucionan", pensé yo al acostarme después de avisar a los de la carpa. ¡Menuda fue mi sorpresa al despertarme el sábado, el día de la boda, y ver la carpa toda en el suelo! Había roto una maceta de barro bien grande y un trozo de la tela de la carpa incluso estaba rajada. También había algunas ramas de árboles partidas... ¡Un desastre! Avisé al chico que nos había venido a montar la carpa y que tenía que venir a montar las mesas esa mañana, y me dijo que no creía que aguantara las rachas de viento que daban.
Como la boda se celebraba en la casa de campo de mis padres, les avisé y pregunté si podíamos vaciar el salón para montarlo todo dentro. En cuestión de minutos mi padre estaba allí y se puso a sacar mesa, sillas, sofás, tele... Todo lo que tenían en el salón-comedor. Por suerte el sábado 6 tampoco llovió y no se empaparon vaciando la casa.
Mientras tanto, llegó la peluquera y maquilladora que iba a arreglarnos a mis hermanas, mi madre y a mí, y ya os podéis imaginar la escena. Entre todo esto, mi pareja tenía que irse porque ya le esperaban la fotógrafa y el videógrafo, y el pobre supernervioso por irse y dejar la boda medio al aire y sin saber qué pasaría mientras él estuviera de sesión de fotos.
Pero, como donde hay amor no puede ir todo mal, voy a acortar ya aquí que me extiendo demasiado. Mientras a mí me peinaban y me maquillaban, ni yo ni mi pareja teníamos ni idea de cómo íbamos a organizarlo todo, ni dónde haríamos la ceremonia ni cómo quedaría nada. Pero, si avanzamos 3 horas esta historia, llegó el novio y se emocionó al ver lo bonito que lo habían dejado todo mis padres y mis hermanas. Y cuando yo salí y lo vi, me quedé alucinada.
Al final tuvimos la fiesta que siempre habíamos soñado, con la familia y amigos más cercanos. Reímos, lloramos... Nos lo pasamos en grande, y bailamos hasta las tantas. Y, aunque lo previo a nuestro gran día estuvo lleno de contratiempos (¡y no pocos!), la verdad es que al final fue un día perfecto, mágico... Un día que repetiría hasta el fin del mundo. Y todo gracias a la gente a la que más queremos.
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