La boda de Dani y Mª Luisa en Lorca, Murcia
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D&M
22 Feb, 2025El día de nuestra boda
Nuestra boda soñada.
El día antes nos trasladamos al hotel; fuimos a ultimar detalles al restaurante, etc.
Entre los nervios y la emoción parecía imposible dormir, pero lo conseguimos, aunque poco, lo cual es normal.
El día de la ceremonia amaneció nublado y con amenaza de lluvia, y llovió, pero eso no nos frenó.
Tras el desayuno comenzó la locura —divertida y emotiva— de arreglarnos.
Conforme pasaban los minutos, iban apareciendo familiares y amigos en el hotel; entre risas y nervios, todo avanzaba hacia nuestro gran momento.
A la entrada del hotel me esperaba el coche nupcial, un Cadillac Nevil rojo, y el chófer.
Cuando iba a salir ya llovía, y tanto los empleados del hotel como los huéspedes (que no conocía) enseguida vinieron con paraguas para evitar que algo se estropeara. Ese gesto me conmovió.
El viaje del hotel al restaurante fue tranquilo, acompañada de mi padre y con muchos nervios.
No puedo decir cómo lo vivió mi marido, pero sé que también estaba muy nervioso.
Seguir leyendo »Ahora que ya he podido ver todos los vídeos e imágenes, puedo decir que tuvo una entrada a la ceremonia espectacular, acompañado de su madre (que es como una madre para mí también), con todos los ojos puestos en él y con la música “Carry On Wayward Son” de Kansas llenando todo el lugar. Cada vez que lo veo, me emociono.
La ceremonia se iba a realizar en el exterior, pero debido a la lluvia se hizo en el interior del local. Tengo que agradecer una y mil veces a La Herencia de Hiroshima todo el trabajo que realizaron al montar corriendo en el interior, la profesionalidad y elegancia con la que trabajan, y, sobre todo, la facilidad que dan y lo cercanos que son.
Mi entrada a la ceremonia fue muy emotiva para mí: primero entró Adriana, mi primita, con los anillos, y seguidamente entramos mi padre y yo, con todo el mundo atento, con caras de felicidad y asombro, al ritmo de “Hells Bells” de AC/DC marcando nuestros pasos. Pero para mí lo mejor fue mirar al final del camino y ver a mi futuro marido esperándome.
En sus ojos podía ver la emoción y los nervios. Creo que es uno de los momentos que más se han grabado en mi memoria: su mirada.
La ceremonia fue emotiva y divertida. Habíamos contratado a un maestro de ceremonias que, tras un breve cuestionario, elaboró un guion que nos encantó, con pequeños toques de humor.
Aunque tengo que admitir que le estropeamos un poco el guion —cosas del directo—, nosotros lo leímos una vez y, como nos gustó, ya no le prestamos más atención. El día de la ceremonia no fui capaz de pronunciar correctamente ciertas palabras, supongo que por los nervios, lo que hizo que todo resultara muy natural y que todos rieran. La palabra en cuestión fue “pobreza”; no la dije bien, dije “probeza”, rompí a reír y dije que no había pobreza.
Y cuando le tocó a mi marido y el maestro de ceremonias mencionó lo de “en la riqueza y en la pobreza”, mi marido lo miró y, entre risas, le preguntó: “¿En la pobreza...?” Fue un momento genial.
Durante la ceremonia lloramos de emoción, pero también reímos muchísimo.
Siempre me ha gustado ver a los novios salir mientras los invitados les lanzan arroz, confeti o pétalos, pero no imaginaba lo especial, emotivo y precioso que sería vivir ese momento. Entre sonrisas y lágrimas de alegría, vítores y miradas, con tu marido al lado dando esos primeros pasos como marido y mujer… fue indescriptible.
Llegó la hora del cóctel. Entrar en el salón y ver a todos tus seres queridos disfrutando del momento, que nada más entrar te entreguen una copa de agua fresca (que necesitaba), sin pedir nada… el mimo y la delicadeza con la que habían organizado y decorado todo el salón, el trato y la profesionalidad de todos los camareros… No tengo palabras para describirlo.
Tuvimos la suerte de que la lluvia cesó y pudimos realizar el brindis en la pasarela exterior, en alto (a pesar de sufrir de vértigo, ese día no lo noté). “Hasta mi final” de Il Divo sonaba mientras todos los invitados nos miraban desde abajo, cada uno con un globo en forma de corazón. Tras el brindis, nos entregaron un globo a nosotros y, en el punto álgido de la canción, todos los globos se soltaron y volaron hasta el infinito.
Y llegó el momento: la entrada al salón. Al son de “I Was Made for Lovin’ You” de Kiss y con fuegos artificiales, entramos triunfantes, sonriendo y bailando. Fuimos saludando a todos los invitados y disfrutando de cada segundo.
Entre plato y plato se fueron sucediendo distintos momentos: los invitados improvisaron un baile con una canción para nosotros; les dimos los regalos a nuestros padres; comenzó a sonar la banda sonora de Piratas del Caribe y una amiga apareció con un cofre del tesoro lleno de monedas de chocolate y detalles hechos por ella.
Le di a mi marido su regalo: una katana de un personaje de una serie que le gusta. Aunque no puedo hablar por él, su cara me lo dijo todo: le encantó. Él me dio su regalo, y fue precioso. Nuevamente, me sorprendió con algo muy emotivo: me regaló dos estrellas, una con la fecha en la que fuimos al registro y otra con el día de la ceremonia. El mejor regalo que podía hacerme. Él sabe que prefiero los detalles y las cosas sentimentales antes que una joya o algo caro, y ese día lo bordó con su regalo.
A la hora de entregar los detalles a los invitados, tuve la suerte de contar con dos bellas ayudantes, las hijas de unas amigas, que me acompañaron y ayudaron en todo momento.
Nuevamente, nos dieron una grata y emotiva sorpresa: hubo familiares muy queridos que no pudieron venir por la distancia, pero quisieron estar con nosotros en un día tan especial, y así lo hicieron. Nos enviaron un vídeo que proyectaron en el salón para nosotros. Nos emocionó muchísimo y volvimos a llorar.
Y llegó otro de los grandes momentos de cualquier boda: la tarta.
No sé cómo describirlo, pero lo intentaré. Los camareros sacaron un carrito que contenía las copas y la bebida para el brindis, y la figura de los novios (porque era muy grande). Pensamos que sacarían la tarta en otro carrito, pero, para nuestra sorpresa y asombro, la base que sostenía la figura y las copas comenzó a elevarse, revelando la tarta en su interior. Algo espectacular, mágico, precioso.
El corte de la tarta lo hicimos con una réplica de Excalibur, y nuevamente fue algo muy íntimo y emotivo.
Y por fin llegó el momento del baile. Es algo tan especial: ese instante en el que estás rodeado de todos tus seres queridos, pero solo ves a la persona que tienes delante; la persona que te complementa y con la que quieres envejecer, con la que sabes que todo es posible, que, ocurra lo que ocurra, siempre estará ahí para ti, igual que tú para él.
Con un final explosivo de confeti terminó ese momento tan especial, al que siguió otro inolvidable: el baile madre e hijo y padre e hija. Simplemente perfecto.
Y ya llegó el momento de que todos bailaran y disfrutaran… hasta que el cuerpo aguantó.
Podría poner fin, pero no es el final: es el inicio de nuestra aventura juntos.
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