La boda de Carlos y Paula en La Orotava, Santa Cruz de Tenerife
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20 Jun, 2026El día de nuestra boda
El 20 de junio de 2026 llegó.
Y creo que todavía me cuesta explicar cómo se siente ver delante de ti algo que durante tanto tiempo solo había existido en tu cabeza.
Me desperté sabiendo que ese día iba a casarme otra vez con Carlos, aunque ya llevábamos unos meses siendo marido y mujer. Y qué raro y qué bonito a la vez. Porque el 20 de marzo nos habíamos casado por lo civil, por nosotros, por amor, sin todo lo demás. Pero aquel día era diferente. Aquel día estaban nuestras personas, nuestras familias, nuestros amigos, las flores, las mesas, el vestido que había elegido, los detalles que habíamos hecho con nuestras propias manos y todas esas pequeñas cosas en las que había pensado durante meses.
Y de repente, todo estaba ahí.
Los preparativos fueron una mezcla de nervios, emoción y ese caos bonito que tienen los días importantes. Yo con mi vestido, mis zapatos, el ramo, el perfume, las joyas… y Carlos por su lado, preparándose también. Dos personas haciendo exactamente lo mismo, pero sin poder ver lo que estaba pasando al otro lado.
Seguir leyendo »Y entonces llegó el momento de vernos.
Creo que hay momentos que no necesitan ser perfectos para quedarse contigo para siempre.
La sesión antes de entrar al salón fue uno de ellos. Por unos minutos dejamos de pensar en los invitados, en los horarios, en si todo estaba saliendo como lo habíamos imaginado. Éramos simplemente nosotros dos. Riéndonos, mirándonos, intentando asimilar que después de todo lo que habíamos preparado, ya no había nada más que preparar.
Solo quedaba vivirlo.
Entramos al salón y estaban todos ellos.
Las personas que habíamos elegido para compartir nuestra vida estaban allí. Y eso fue probablemente lo más bonito de todo. Ver sus caras, escuchar los aplausos, abrazar, reír, emocionarnos… y pensar: mira dónde estamos.
En una mesa había detalles que habíamos pensado nosotros. En otra, personas que forman parte de nuestra historia. Alrededor, conversaciones, copas, comida, música y ese ruido de fondo que solo aparece cuando mucha gente que quieres está junta.
Y luego la boda dejó de ser nuestra boda organizada y se convirtió simplemente en una fiesta.
Bailamos. Reímos. Nos abrazamos. Nos hicieron fotos sin que nos diéramos cuenta. Pasaron cosas que ni siquiera recuerdo del todo y que ahora voy descubriendo en fotografías. Momentos que ocurrieron mientras yo estaba en otra parte, viviendo otro momento.
Y eso es quizá lo que más me gusta de tener todas esas fotos.
Que me enseñan cosas que yo no vi.
Porque ese día duró unas horas, pero ahora tengo cientos de pequeñas versiones de él.
Tengo la versión de Carlos preparándose. La mía intentando no llorar. Tengo nuestras manos, nuestro ramo, nuestras miradas. Tengo a nuestras familias. Tengo a nuestros amigos riéndose. Tengo la entrada, las mesas, la comida, los abrazos, la fiesta y todas esas fotografías un poco imperfectas que, precisamente por eso, se sienten tan nuestras.
Y entre todo ese ruido, hubo momentos en los que me paré un segundo y pensé:
Esto era lo que soñaba cuando era niña.
No exactamente este vestido. Ni estas flores. Ni estas mesas.
Esto.
Encontrarme un día rodeada de personas que quiero, mirar al hombre que elegí y poder decir: sí, es él.
Y quizá por eso, si tuviera que explicar cómo fue el día de mi boda, no diría que fue perfecto.
Diría que fue nuestro.
Fue bonito, fue caótico, fue emocionante, fue divertido, fue rápido y, sobre todo, pasó muchísimo más rápido de lo que quería.
Pero pasó.
Y ahora, cuando miro las fotos, vuelvo allí un poquito.
A ese día.
Al 20 de junio.
A nosotros.
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