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Aquella mañana tenía tantas cintas de colores en la cabeza que no tenía mente para nada más. Aquella mujer entró en la tienda casi sin hacer ruido. Bajó las escaleras discretamente, arrastrando los zapatos toblerone nata y fresa por las escaleras de madera. Iba dejando terroncitos de azúcar a cada paso; endulzando el ambiente.
No me di cuenta de su presencia hasta unos minutos después. Una oleada de aire caliente y dulzón revolvió los vestidos menta, desencajándolos en si mismos y provocando una oleada de tu-tus de colores, saltos de cintas de seda y bailes de tul.
Le lancé una sonrisa para serenar el maremoto de lazos y faldas, y parece que se calmó.
Ahora que estaba mas tranquila, pude apreciarla mejor. Era una mujer muy hermosa, demasiado delgada quizás, pero con un dulce peso de voluntad. De estética rubia, rubia azulada con un tono mar. Vestido rosa de tafetán con cuello camisero y escotada detrás. Tacones finos, sin medias y pedicura francesa con pequeñas muescas de azúcar glass.
Calmada ya, se dejaba llevar por el fru-frú de los vestidos, los alineaba uno a uno con el pulgar, susurrándoles de cerca palabras de amor, como cantando a media voz.
Los ordenaba, los mimaba, los corregía de color.
Entré en trance, un espejismo, confeti, una hoguera de color.
Vencida como mar de licor, me derrumbé y caí derretida a sus cálidos pies. Me aparto amablemente como dibujando en el aire y continuó hilando mis vestidos en una cadeneta finísima de cintas, pliegues y lazos de papel.
Se pintó con brillo los labios y liada aquella interminable guirnalda de reyes voló libre sobre mi, atada a mi vestido. Como una cometa.
¿Y como iba a saber yo que aquella mujer estaba atada a mi vestido?
REN-DI-DA ME QUEDÉ
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